domingo, 1 de enero de 2017

Quesos, Quesones y Quesonas


Los RELATOS QUESONES son cuentos bizarros de terror sobre los Asesinos Quesones, y su equivalente femenino, las Asesinas Quesonas. A lo largo de estos relatos vas a leer muchas veces la palabra QUESON (en singular) y su plural "QUESONES", pero, ahora bien, ¿Qué es un QUESON?
Un QUESON es un integrante de una extraña organización secreta, una suerte de logia. Quienes la integran son asesinos de mujeres que se caracterizan por arrojarle un QUESO a cada una de sus víctimas.
No cualquier hombre puede ser QUESON, solo los que se llaman CARLOS, calzan un n° 44 para arriba, comen mucho QUESO y tienen olor a QUESO en los pies.
La logia se habría originado en tiempos muy antiguos y llego hasta nuestros días. Al parecer, según cuentan muchas leyendas, ya en tiempos antiguos, algunos pueblos bárbaros, practicaban un extraño ritual que consistía en asesinar (o ejecutar) mujeres por razones religiosas o judiciales, y tirarles un QUESO. Solo los hombres que se llamaban KARL (equivalente de CARLOS) podían cometer esos asesinatos (o ejecuciones).
El ritual se dividía en tres pasos: primero, la víctima debía olerle, chuparle, besarle y lamerle los pies a su asesino; segundo, el asesino cometía el asesinato; tercero, con la víctima ya muerta, el asesino (o sea el QUESON) arrojaba un QUESO sobre el cadáver de su víctima, y debía decir en voz fuerte la palabra QUESO.
Entre las normas de los códigos que mantienen los QUESONES figuran el hecho de que un QUESON puede asesinar mujeres, lo podrá hacer por placer, sexo, dinero, encargo, los QUESONES son asesinos seriales, múltiples o a sueldo, según la ocasión. Cada QUESON tiene libertad para decidir el arma que utilizará en cada crimen que comete, pero está obligado siempre y en todas las circunstancias a tirar un QUESO a su víctima.
Existe una leyenda de que en una ocasión, una mujer asesinó a un QUESON regalándole un QUESO envenenado. Por ello, si una mujer le regala un QUESO a un QUESON este debe asesinar a la mujer y tirarle el QUESO. En una situación así jamás bajo ninguna circunstancia el asesino debe comer el QUESO.
En ese mismo sentido, si un QUESON le regala un QUESO a otro QUESON, el QUESON que recibe el QUESO debe utilizar el QUESO en el próximo crimen que cometa. Si un NO-QUESON le regala un QUESO a un QUESON, el QUESON debe asesinar a alguna mujer de parentesco cercano al NO-QUESON.
Se considera que si un QUESON le regala un QUESO a una mujer, es un anuncio de que la va a asesinar. Si un QUESON le regala un QUESO a un hombre (NO-QUESON) es una señal de que va a asesinar a una mujer de su proximidad (generalmente, la esposa, novia o amante).
Muchos QUESONES obligan a sus víctimas a olerles los pies antes de asesinarlas. Lógicamente esta no es una regla obligatoria, aunque si las circunstancias lo permiten, los QUESONES suelen practicarla.
En la actualidad, la secta de los QUESONES (los CARLOS ASESINOS) trata de mantener viva esa tradición. Los "Relatos Quesones"son las historias referentes a estos asesinos.
En este Blog, también encontrarás historias de Mujeres Asesinas de Hombres, las "Quesonas". Una de ellas es la implacable "Matacarlos" (La asesina de los Carlos, llamada así porque solo asesinaba hombres llamados Carlos) y la sanguinaria y temible "Mujer Queso", famosa por asesinar deportistas, modelos y actores. Esta última era conocida simplemente como "la Quesona" o "la Requesona".







 



jueves, 25 de agosto de 2016

Un par de zapatos para Martín Lousteau


Nadie sabe como fue, lo cierto es que parece que ocurrió un domingo muy lluvioso en las primeras horas de la noche. Según me han contado Martín Lousteau, un hombre de unos cuarenta años se encontraba en su mansión ubicada en los suburbios de la gran ciudad.
Lousteau se encontraba trabajando, ocupado en sus negocios y preparando una ardua semana de trabajo. Creía estar solo en aquella casa tan grande, pero escuchó ruidos, como si alguien se acercará.
Era Valeria, “la Quesona”, la chica rubia con la que había tenido sexo aquel fin de semana. Martín se sorprendió pues creyó que la joven se había ido hacía un rato largo.
- Hola Quesona, creí que no estabas – le dijo Lousteau a Valeria.
- Fui de compras pero iba a volver porque no quiero irme sin darte estos regalos – contestó la chica – tres regalos.
- ¿Tres regalos?
- Sí.
- Bueno, dámelos, Quesona.


La Quesona sacó una bolsa con una enorme caja de zapatos. La colocó sobre la mesa. Martín abrió el paquete y para su sorpresa, vio que era un par de zapatos italianos talle 46.
Lousteau esbozó su clásica sonrisa. Le gustó mucho el regalo. Valeria le dijo:
- Espero que disfrutes de estos bellos zapatos. Ayer cuando te dije tenías un par de zapatos gastados, me dijiste…
- “Tengo solo dos pares, unos negros y unos marrones y encima me cuesta conseguir mi talle” eso te dije, ja, ja, ¿Verdad, Quesona?
- No es para menos, calzas 46. Dale probatelos.
- ¿No hay otros regalos?
- Primero calzate los zapatos, después te doy los otros regalos.
Lousteau se sacó los zapatos gastados que llevaba puestos, y se probó los puestos. Le quedaban perfectos, y los apoyó sobre la mesa. 
- Debes tener olor a Queso.
- No, soy patón, no soy Quesón. Mi nombre es Martín, no Carlos.
- ¿Puedo sacarte los zapatos?
- Hace lo que quieras, Quesona.


Siempre con los pies sobre la mesa, la chica le sacó primero los zapatos, luego las medias, y al oler los pies de Lousteau comprobó que efectivamente no tenían olor a Queso.
- Que desilusión imaginaba un buen olor a Queso en estos piesotes.
- Te lo dije, no soy Quesón.
- Un desperdicio. Tan bellos pies sin olor. No importa, te haré cosquillas.
La chica le hizo cosquillas en los pies a Lousteau y fue como una auténtica tortura para el yuppie. A pesar de eso le gustó mucho, hasta que finalmente le dijo:
- Bueno, ya basta, no soportó más.
- Está bien.
Lousteau en ningún momento sacó los pies descalzos sobre la mesa y le dijo a la chica:
- ¿No había otros regalos para mí?
- Es cierto.
Valeria sacó otro paquete, bastante pesado, lo abrió y era un Queso Gruyere.
- ¿Un Queso? – dijo sorprendido Lousteau.
- Sí, era para comparar el olor de tus pies con el de este Queso…
- ¡Ja, ja, ja! – río Lousteau – estás loca…
- Puede ser – dijo la chica mientras le daba la espalda a Lousteau – puede ser…
- ¿Y el tercer regalo?
- Es este.


La chica se dio vuelta y para sorpresa de Lousteau, lo apuntó con un revolver calibre 45 con silenciador.
- ¿Qué es esto? ¿Una broma?
- Sí broma es sinónimo de asesinato, entonces esto es una broma.
No hubo más palabras, solo un disparo que la chica efectuó sobre la cabeza del joven, que cayó muerto de inmediato tras recibir el balazo en el cráneo.
- Queso – dijo la asesina mientras tiró el Queso sobre el cadáver de su víctima…
La Quesona tomó los zapatos de Lousteau y se los llevó como un trofeo para su gran colección de zapatos, en efecto en su departamento la asesina tenía una vitrina con un par de zapatos o zapatillas de cada una de sus víctimas


viernes, 15 de julio de 2016

Una noche de Carlos Delfino y Fabricio Oberto


Nadie sabe cuando ocurrió, pero fue en el tiempo en que Fabricio Oberto aún jugaba en la selección nacional. Aunque el protagonista de nuestra historia no es Oberto, sino Carlos Delfino, el “Lancha”, el “Cabeza”, el “Quesón”…
Dice la leyenda, pues nadie puede probar si ocurrió en verdad, que una noche Carlos Delfino se puso los guantes negros, agarró un cuchillo, tomó un enorme Queso Gruyere, se miró al espejo y dijo:
-        -  Debo asesinar a alguien esta noche… 



En forma inmediata, y como posesionado por algo o por alguien, Carlitos se fue del lugar, con el Queso y el cuchillo en sus manos. Fabricio Oberto, que compartía habitación con él, se encontraba en el baño, salió y dijo:
-        -  ¿Dijistes algo, Carlitos?
Pero Carlitos no estaba en la habitación. Oberto se extraño ante la ausencia de Carlos, pero pensó que había bajado a la recepción del hotel, quizás al Casino, y entonces Fabricio se acostó, leyendo alguno de esos comics que tanto le gustaban…



En algún lugar de la ciudad, una chica, Rocío Magallan, se encontraba en su casa, mirando una película de terror, junto a su amiga Solange Gomez…
Ambas estaban posesionadas mirando la película, pero Solange escuchó unos extraños ruidos, como si alguien hubiera entrado a la casa, y se levantó del lugar…
Rocío no escuchó el ruido y ni siquiera se dio cuenta que Solange se había levantado.


Solange se acercó hacia la puerta de la casa, la abrió, se fijó, nadie había y regresó al lugar, pero mientras iba avanzando, y en forma sigilosa, un hombre muy alto, con enormes pies, vestido totalmente de negro, se puso detrás de ella…
Era el basquetbolista Carlos Delfino que en forma rápida y sin que la chica lo pudiera advertir ni resistir, el basquetbolista la tomó por el cuello, le tapó la boca, sacó el cuchillo y la degolló con una profunda herida en el cuello.


Cuando terminó de asesinar a Solange Gomez, Carlos tomó el Queso y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta:
-         - Queso.
El asesino no finalizó su sangrienta tarea, Carlos Delfino, con el cuchillo en la mano, se acercó hacia Rocío Magallan, que continuaba mirando demasiado atenta aquella película de terror.
En el mismo momento en que la película de terror mostraba una imagen donde a una chica le cortaban el cuello, Carlos Delfino desde atrás, tomó a Rocío Magallan y con el cuchillo, la degolló.


Hizo lo mismo que con la víctima anterior… Carlos agarró el Queso y lo tiró sobre Magallan diciendo en voz alta:
-         - Queso.
Cuando terminó muy satisfecho, Carlos Delfino regresó al hotel. Fabricio Oberto estaba aún despierto, de hecho no habían pasado más de dos horas, y le dijo a Delfino:
-         - Carlitos, ¿Dónde estuviste?

-         - Lo de siempre, lo normal, Fabricio.


Carlos Bossio y el Crimen de la Psicologa


La Psicologa Inés Ocampo llamó a su próximo paciente, que de acuerdo a aquella lista, era también el último.
- Bossio, Carlos Gustavo.
El paciente era muy alto (1,95) y patón (50 de calzado), era realmente un hombre de una gran corpulencia, tanto que llamó la atención de la psicóloga, acostumbrada a ver de todo.
Tras las presentaciones normales, empezó el dialogo entre el paciente y la psicóloga. A Ocampo le llamó la atención que Bossio no se sacará los guantes negros que tenía puesto, pero nada le dijo, convencida que sería algo relacionado con la patología del paciente.
Al acostarse en el diván, donde lógicamente no entraba, los enormes pies de Carlos quedaron afuera del mismo. El muchacho le dijo:
- Disculpame piba, pero… ¿No te molestaría que me saque los zapatos?
- No, por supuesto, Carlos.
Bossio se sacó los zapatos, y al quedar con sus medias, un enorme e intenso olor a Queso invadió la habitación. La psicóloga intentó disimular el hecho de no poder aguantar el olor a Queso de los pies de Carlos Bossio.
- Tengo olor a Queso en los pies, ese es uno de mis problemas.
- ¿En serio Carlos, ese es el problema?
- Saqueme las medias, licenciada Ocampo, y le cuento todo…
La psicóloga le sacó las medias, pero Bossio redobló la apuesta, y le dijo:
- Olé mis pies, por favor.
Así lo hizo Inés Ocampo, apenas lo pudo soportar, Carlos le dijo:
- Ese es el problema, tengo olor a Queso en los pies. Me dicen “el Quesón”, pero eso no es nada comparado con lo que voy a decirte a continuación.
- ¿Qué me querés decir, Carlos?
- Qué el olor a Queso me despierta un instinto criminal irrefrenable, que soy un asesino serial de mujeres y que vos vas a ser mi próxima víctima.
Carlos Bossio sacó un cuchillo gigantesco de la nada, y se tiró sobre la psicóloga, apuñalándola en forma salvaje. Le dio decenas de cuchillazos, cuando terminó, sacó un Queso de sus pertenencias, y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Se fue del consultorio sin mayores problemas, muy satisfecho con el crimen cometido. Los medios de comunicación titularon el hecho “Nuevo asesinato del Quesón” (Clarín), “El Quesón vuelve a atacar” (La Nación), “Psicologa asesinada por el Quesón” (La Razón) y “La partió como un Queso” (Crónica).


Carlos Bossio y el Crimen de la Abogada



Verónica debió haber abandonado su estudio jurídico hacía rato, pero estaba tan ocupada en un caso que siguió trabajando mucho más de lo habitual. Sobre todo para un día viernes. Generalmente los viernes solía terminar alrededor de las cinco, cinco y media, como tarde. Pero aquel viernes aún estaba ahí aunque el reloj ya marcaba las ocho de la noche.
- Bueno, suficiente por hoy, el lunes sigo – dijo Verónica pensando en voz alta y recordó - ¡Es cierto que debo ir a cenar a la casa de Lucrecia!
Minutos después, estaba cerrando la puerta del estudio jurídico, cuando el ascensor se detuvo en el piso, y del mismo salió un hombre muy alto, vestido totalmente de negro, incluyendo un par de guantes negros y enormes zapatos, debería calzar un talle cincuenta.
- Buenas noches – dijo el hombre - ¿Usted es la doctora Verónica Magallanes?
- Sí. ¿Usted…?
- Carlos Bossio. Mi nombre es Carlos Bossio. Necesitó hablar con usted, es urgente.
- Venga el lunes a primera hora, hoy ya finalicé.
- No puedo esperar hasta el lunes. Es algo muy grave. Me acusan de un asesinato.
La abogada expresó una mirada de asombro, y dijo:
- Bueno, señor Bossio, pase…
Abrió la puerta del estudio jurídico y Carlos Bossio entró junto a la abogada…
- Dígame Señor Bossio soy toda oídos…
- Es un caso muy grave, doctora Magallanes, me acusan de un crimen.
- ¿De qué crimen?
- Del suyo – dijo Carlos Bossio mientras sacaba un enorme cuchillo de sus pertenencias – Soy Carlos Bossio, el Queson, el asesino serial de mujeres.
A continuación Carlos atacó a la abogada con el cuchillo, dándole varias decenas de puñaladas, cuchilladas y cuchillazos, una tras otra, hasta totalizar como setenta, o quizás, ochenta puñaladas.
Cuando finalizó, Carlos Bossio agarró el Queso que tenía en su portafolios y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Bossio abandonó el lugar, muy contento con el crimen que había cometido, uno más en la larga lista de “el Quesón”.



El asesino de Daniela Cardone



Cuenta la leyenda que en un tercer tiempo de un partido de rugby, se encontraba la conocida modelo Daniela Cardone, que comenzó a percibir un fuerte olor a Queso a su alrededor. No del alimento hecho con leche al que conocemos como “Queso” sino ese olor fuerte e intenso que suelen despedir los pies de hombres.
- ¡Qué olor a Queso! – dijo, y pensó que era obvio, que después de un partido de rugby era lógico que los rugbiers tuvieran olor a Queso - ¡Son sucios los rugbiers! ¡Deberían lavarse antes de venir al tercer tiempo!
Cardone empezó a darse cuenta que el olor provenía del rugbier “Nacho” Fernández Lobbe que estaba cerca suyo. Seguramente desinhibida por el alcohol que tenía encima, Cardone le dijo a Nacho:
- Vos sos el que tenés olor a Queso.
- Obvio, nena, soy un Quesón – fue la respuesta de Fernández Lobbe  - a que querés que huelan mis pies?
- ¿Quesón? Muy gracioso, je, je, vos sos…
- Carlos Ignacio Fernández Lobbe.
- ¿Carlos? Qué nombre tan masculino…
- Ya lo creo. Muchos desconocen que me llamó Carlos. En el rugby todos me conocen como “Nacho” y en los medios suelen olvidarse de mi primer nombre, y ponen “Ignacio Fernández Lobbe”.
- Parecés muy macho… Te llamas Carlos y tenés olor a Queso en los pies… ¿Cuánto calzas?
- Mucho, un 48/49. Pero que te parece… Daniela, ese es tu nombre, verdad? Digo, que te parece si nos encontramos esta noche, para que pruebes mejor mi masculinidad y mis Quesos.
- Excelente idea. Te espero en mi residencia particular, en la calle de los Japoneses n° 32, después de las once.
- Allí estaré.
Eran las once y media de la noche, Cardone estaba bastante impaciente pues creía que el rugbier incumpliría su promesa. Pero cuando el reloj marcó las once con treinta y siete minutos, allí estaba Carlos Ignacio Fernández Lobbe, vestido de rugbier, con los colores de Los Pumas, su 1,95 metros de altura, sus 115 kilogramos de peso, sus pies talle 48/49 y su fuerte e intenso olor a Queso.
- Ahora vas a poder oler mis Quesos.


Fernández Lobbe puso su enorme pie derecho sobre el rostro de Cardone, que arrodillada, y en un gesto sumiso, comenzó a oler esos pies. A Cardone le encantó la experiencia, a punto que no solo olió los pies de Nacho Fernández Lobbe, sino que también los chupó, besó y lamió. Primero el derecho, luego el izquierdo.
- ¿Te encantó la experiencia?
- Me fascinó. ¿Trajiste una valija, Nacho?
- Sí, hay allí una sorpresa, para después. Ya conoces mis Quesos, Cardone, ahora quiero que conozcas bien mi masculinidad.
A continuación tuvieron sexo, en una experiencia que fascinó a ambos. Cuando terminaron, Cardone quedó acostada, Nacho se paró como a buscar algo, y cuando volvió, para sorpresa de la mujer, sostenía un enorme Queso con sus guantes negros.
- ¿Y ese Queso, Nacho?
- Ese Queso es para vos…
- ¿Para mí?
- Soy Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el Quesón, el rugbier asesino, yo asesiné a Viviana Canosa, a Soledad Solaro, a Andrea Frigerio, y a las demás.


De repente, Fernández Lobbe sacó un enorme cuchillo de entre sus pertenencias y sin mediar palabra alguna, se lo clavó a Cardone en el estómago, la mujer no pudo oponer resistencia alguna, y a continuación el rugbier le aplicó más puñaladas, principalmente en el pecho y en el estómago.
Cuando finalizó, Carlos Ignacio Fernández Lobbe agarró el Queso y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
El rugbier abandonó el lugar, muy contento con el crimen que había cometido, uno más en la larga lista de “el Rugbier Quesón Asesino”.

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