sábado, 29 de marzo de 2014

La gran noche del Basquetbolista Asesino (el Queson)





El casco de la estancia “Las Tres Gracias” vio alterada su habitual monotonía por la llegada de seis modelos, que procedentes de la gran ciudad, pensaban filmar una propaganda para una prestigiosa marca. Se trataba de Ivonne Tigana, Joanna Ribery, Kate Schreider, Catalina Cabrini, Sofía Mendez y Paola Graziani.
Además de las seis modelos, estaban también la señora Julia Larrazabal, la dueña de casa, Isabel Urrazagui, la ama de llaves, y las dos mucamas, Josefa “Pepa” Juárez y Felisa Eslavia. La estancia se había convertido en un especie de hotel.
Aquel día, por la tarde, se produjo la llegada de un extraño envío a la Estancia, se trataba de doce Quesos. Sí, doce Quesos, esos Quesos de cascara amarilla, forma esférica, bien grandes, de tipo holandés, que se llaman Maasdam o algo parecido. Las mucamas no le dieron mayor importancia al asunto, pues pensaron que era parte de la filmación.
Cuando había finalizado la cena, por la noche, las dos mucamas estaban terminando de limpiar la cocina, finalmente “Pepa” dijo:
-         Me voy a dormir, estoy muy cansada.
-         Muy bien, “Pepa”, yo iré a tirar esta basura – le contestó Felisa.




“Pepa” fue a dormir y Felisa salió afuera. Al salir le pareció la sombra de un hombre alto y patón, con aspecto de basquetbolista. Se fijó de vuelta y no vio nada. Tiró la basura y empezó a dirigirse hacia la entrada. Pero antes de llegar, oculto por la oscuridad, estaba Carlos Delfino, el basquetbolista, vestido de negro, sosteniendo un enorme y filoso cuchillo con sus manos, envueltas en dos gruesos guantes negros de cuero. La mucama no pudo llegar a la puerta, Carlos la interceptó de atrás, la tomó por el cuello, y con el cuchillo, le cortó la garganta. Carlos entró entonces a la casa, tomó unos de los Quesos, y volvió a salir, para tirar un Queso sobre el cadáver de Felisa, diciendo en voz alta:
-         Queso.
La otra mucama, “Pepa”, advirtió que algo extraño había pasado afuera, se levantó de la cama, y se dirigió a la cocina. Pero antes de que llegara, Carlos la atacó por detrás, y con el cuchillo, la degolló. El basquetbolista agarro otra vez un Queso y lo tiró sobre la mucama, y en voz alta, dijo:
-         Queso.


Carlos, cuchillo en mano, adentro de la casa, se dirigió hacia donde estaba la dueña de la casa, la señora Larrazabal, que tenía unos cuarenta y pico de años, y el ama de llaves, la señora Urrazagui, de unos cincuenta y pico. Ambas estaban en el comedor viendo televisión.
-         ¿Escuchaste movimientos en la cocina? – le dijo la señora Larrazabal a la señora Urrazagui.
-         Sí, voy a ver – Urrazagui se levantó y fue a la cocina.
Mientras pasaba por el pasillo, Carlos la degolló con el cuchillo, y tras asesinarla, le tiró un Queso.
-         Queso – dijo en voz alta.




Larrazabal nada había escuchado, seguía viendo la televisión, cómodamente sentada en un gran sillón. Carlos entró sigilosamente, y se puso atrás del sillón, con gran rapidez, tomó la cabeza de la mujer, y desde atrás, le cortó la garganta. Cuando terminó, otra vez tiró un Queso y en voz alta dijo:
-         Queso.
Carlos entonces decidió asesinar a las modelos que estaban arriba, llevó los Quesos hacia el comedor, y cuchillo en mano, empezó a subir las escaleras. Una de las modelos, Joanna, iba caminando por el pasillo. Carlos se escondió detrás de la cortina, cuando Joanna iba caminando, la atacó por detrás y la degolló. Otra vez tiró un Queso, y en voz alta, dijo:
-         Queso.
Carlos limpió el cuchillo, estaba ya bastante gastado después de haber asesinado a cinco mujeres. Cambió entonces el cuchillo, y se dirigió hacia uno de los cuartos, donde estaba la modelo de nombre Ivonne. El basquetbolista se tiró encima de la chica, le tapó la boca, tomó el cuchillo y le cortó el cuello. Una vez, más, por sexta vez, el asesino dijo en voz alta:
-         Queso.




Y tiró un Queso sobre el cadáver de su víctima, la número seis. Otra de las modelos, Sofía, salió al pasillo, Carlos la atacó desde atrás, y la degolló. Por séptima vez, tiró un Queso, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlos entró entonces a otra habitación, donde estaba otra modelo, Catalina. La chica se encontraba levantada mirando la ventana, Carlos se acercó en forma silenciosa, y tras ponerle la mano sobre la boca, puso el cuchillo sobre el cuello y la degolló. Por octava vez, Carlos tiró otro Queso sobre su víctima y dijo en voz alta:
-         Queso.




Aún faltaban dos chicas más por asesinar, las modelos Paola y Kate, cualquier persona estaría cansada ante el desgaste físico de Carlos. Pero este, acostumbrado a los partidos de básquet, y con una sed criminal insaciable, aún tenía el resto suficiente.
Paola se encontraba en el baño, y por eso nada había escuchado, Carlos la atacó en la ducha, pudo haberla apuñalado el mejor estilo Psicosis, pero el basquetbolista prefirió cortarle el cuello, como hizo con las demás. Una vez tiró el Queso, y en voz alta dijo:
-         Queso.
Restaba una sola chica, Kate, Carlos, con el cuchillo en la mano, y pateando otro Queso como si fuera una pelota de básquet, se dirigió hacia la habitación. Todo había sido tan silencioso, que Kate nada había escuchado, la modelo dormía profundamente, Carlos entonces le cortó el cuello, y tiró el décimo Queso, en voz alta dijo:
-         Queso.



El basquetbolista había finalizado su tarea. Carlos Delfino asesino a diez mujeres en menos de una hora, una a una, las fue degollando con su cuchillo y tirando un Queso, diez Quesos.
En la cocina había doce Quesos, o sea que Carlos había utilizado diez, al regresar abajo, el basquetbolista tomó un Queso, el número once, y se lo comió. Una horma entera, muy grande, Carlos la comió íntegra. El Queso que restaba, el número doce, Carlos lo agarró y se lo llevó. Al día siguiente, lo mando por correo a la estación de policía, con la leyenda...
“Carlos, el Queson, asesino a diez mujeres en la estancia Las Tres Gracias”.
El descubrimiento de los cadáveres genero una gran conmoción en la opinión pública, más cuando se determinó que todo lo ocurrido era exactamente a una sanguinaria película de terror donde un basquetbolista, una noche entre dos importantes partidos, sufría un ataque psicotico y asesinaba a diez mujeres.
Lo cierto es que Carlos Delfino jugó aquella noche y fue uno de sus mejores partidos, nada recordaba de lo acontecido la jornada anterior, y metió siete triples...
Por eso aquella noche se recordará como La noche que Carlos Delfino asesinó a diez mujeres, la noche del Basquetbolista Asesino.
Esta historia, ¿Es realidad o ficción?...





¿Te gusta el Queso?





Era un jueves por la tarde, y la habitual tranquilidad provinciana de aquel pueblo del oeste bonaerense no se veía alterada en lo más mínimo en aquel atardecer. El Padre Bonifacio se encontraba en la Iglesia, desarrollando su habitual tarea de confesión.
Un muchacho de unos treinta y pico de años, de cabellos negros, tez clara, alto, patón y con un fuerte e intenso olor a Queso en los pies, se acercó al confesionario, se inclinó y el sacerdote le dijo, con su acento español, dado que era nacido en algún lugar de España:
- Ave María Purísima.
- Conceptus, sine peccato.




El muchacho siguió hablando, como un monologo, ante el atento oído del sacerdote, sorprendido al escuchar la respuesta en latín:
- Mi nombre original es Carlos Sebastián Beneitez, aunque ahora todos me conocen como Bernabé Velazquez. Cinco mujeres me mandaron a la cárcel. Del motivo no habló más. Pero fue por un crimen que no cometí. Me condenaron a perpetua, aunque solo estuve preso unas pocas semanas. Si estoy libre, es porque me fugué y me dieron por muerto. Voy a cometer mi venganza.
- ¡Hijo! ¡La venganza es mala consejera! – exclamó el sacerdote – Eres fruto de la tentación del demonio. El perdón y la compasión debe ser más grande que la ira.
- La decisión ya está tomada, no hay vuelta atrás.
- Ego te absolvo, ignoscit cotidie, si nullum peccatum non, non fuerit conversus a via Domini. Reza cinco padrenuestros, diez avemarías y una Salve, eso te ayudará a entrar en reflexión y a no cometer ninguna barbaridad.
El Padre Bonifacio extendió la bendición. Carlos permaneció en la Iglesia para cumplir con el rezo, y cuando terminó abandonó la misma. Cuando salió, Carlos se cruzó con dos chicos que pasaban por la calle, uno le dijo al otro:
- ¿Vistes ese tipo que salió?
- ¿Qué pasa?
- Tenía olor a Queso. Era impresionante.
- Sabés que tenés razón.



Viernes por la madrugada, del Oeste a la Capital

Como todos los días, pasada la medianoche, el tren n° 62 de “Ferrocarriles Argentinos” conocido como “El Puelche” que había salido del Oeste rumbo a la Capital.
Aquella madrugada, Carlos Beneitez, un hombre de unos treinta y pico de años, de cabellos oscuros, tez clara, alto y patón, vestido totalmente de negro fue uno de los pasajeros que abordó el convoy, cuyo destino final era una estación de la Capital.
Carlos acomodó su equipaje, se sentó en su asiento, y no tardó en quedarse dormido. Muy cerca del lugar donde permanecía sentado, viajaban un chico con su madre. El niño le comentó en voz baja a su mamá:
- ¿Viste mamá? ¡Ese señor que se subió en la última estación tiene olor a Queso!
- Sh... habla bajito... que no te escuche – fue la respuesta de la señora – o tiene unos Quesos guardados en el equipaje, o hace mucho que no se lava los pies, o quizás las dos cosas.


Finalmente, y sin mediar nada digno de contarse, el tren arribó a la Terminal. Nuestro personaje en cuestión se levantó de su asiento, tomó su equipaje y descendió de la formación. En medio de la multitud, se escuchan voces y ni una palabra, se ven caras y ni una mirada, Carlos salió de la estación como uno más de los miles que pasan todos los días por allí.



Viernes, pasado el mediodía, en un supermercado de la zona norte

Un día más de trabajo en el Supermercado no representaba nada extraño en la rutinaria vida de Adrián, encargado de la venta de Quesos en aquel establecimiento. Aquel día, sin embargo, ocurriría algo que jamás olvidaría. Un hombre alto, patón y vestido totalmente de negro, incluyendo unos guantes negros que le cubrían las manos, y con un fuerte olor a Queso en los pies, se acercó al mostrador.
- Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarlo?
- Quiero cinco hormas enteras de Queso. Cinco Quesos. Un Queso Pategras, un Queso Emmenthal, un Queso Parmesano, un Queso Maasdam y un Queso Gruyere.
- Muy bien – contestó sorprendido el vendedor ante el pedido – ahora le voy alcanzando los Quesos.
El vendedor necesitó ayudó de sus compañeros para buscar y darle los Quesos al cliente, que no paraba de sonreír con un actitud de burla y soberbia. Finalmente, Carlos Beneitez, el nombre del cliente que compró los Quesos, abandonó el supermercado con los cinco Quesos.



Viernes, seis y media de la tarde, en un estudio jurídico, cerca del Palacio de Justicia

La abogada Paula Arce se quedó sola en su estudio jurídico, a la espera de un cliente que le indicó pasaría al finalizar la jornada. Su socio, el abogado Fabián Ventura, se había retirado del lugar hacía poco más de media hora.
Eran las seis y media de la tarde clavadas, cuando sonó el timbre del estudio jurídico. La abogada abrió la puerta y ante ella estaba su cliente, que se presentó diciendo:
- Buenas noches. ¿La doctora Paula Arce?
- Sí, soy yo. ¿Usted es Bernabé Velazquez, verdad?
- Digamos que me conocen de esa manera.
La abogada sintió que se le congelaba la sangre al escuchar esas palabras, creía reconocer a su cliente de algún lado. Pensativa, grande fue la sorpresa de la abogada, al ver a su cliente con una gran bandeja donde llevaba un Queso, era un Queso Pategras, esos Quesos de cáscara roja con agujeros. Beneitez estaba vestido de negro, incluyendo el par de guantes negros que le cubrían las manos, con las que sostenía la bandeja.
- Soy del Oeste, este Queso es un producto típico de mi pueblo, un obsequio para usted. Espero le guste.
- Muchas gracias. Me sorprende con el obsequio pero me gusta mucho. ¿No nos conocemos de algún lado?
- Seguramente, le dije que me conocían ahora como Bernabé Velazquez, pero antes respondía al nombre de Carlos Sebastián Beneitez.
A continuación, con la abogada frente a Carlos, este le preguntó:
- ¿Te gusta el Queso?



La abogada, aterrorizada, nada dijo ante esa pregunta, comenzó a a esbozar una sonrisa, cuando Carlos, en un movimiento muy rápido, puso el Queso sobre la mesa, sacó un revolver largo calibre 45 con silenciador, y sin contemplación ni piedad alguna, disparó sobre su víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el primer disparo, que impacto en el pecho de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el segundo disparo, que impacto en el estomago de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el tercer disparo, que impacto en el cuello de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el cuarto disparo, que impacto en la cabeza de la víctima.
- Queso – dijo en voz alta por quinta vez, al efectuar un nuevo disparo, que otra vez, impactó en el pecho de la mujer.
El asesino dio por finalizada su tarea, agarró el Queso Pategras que había sobre la bandeja, lo tiró sobre el cadáver de su víctima y dijo en voz alta por sexta vez:
- Queso.
Guardó el revolver con silenciador entre sus pertenencias, tomó la bandeja y se fue del lugar, sonriendo de tal manera, que hubiera hecho palidecer al Guasón de los comics de Batman.




Viernes, cerca de las ocho de la noche, en un teatro underground, de la zona del Centro

Carmen Covarrubias no había nacido en Sevilla ni jamás había estado en Andalucía, pero de todas formas integraba un espectáculo donde la promocionaban como “bailaora sevillana, la Flor de Andalucía”, haciendo mención a su nombre. En el espectáculo no tenía que hablar por lo tanto no debía forzar ningún acento andaluz.
Aquella noche se encontraba en su camerino, cuando Adrián, un muchacho que trabajaba en el teatro le dijo:
- Te buscan “Flor de Andalucía”.
- ¿Quién?
- Alguien que dice que quiere hacerte una propuesta de trabajo. Contratarte para una fiesta privada, o algo parecido.
- Dale, pibe, decile que entre.



Entró al camerino un hombre de unos treinta y pico de años, alto, patón, vestido de negro, incluyendo los guantes con los que se cubría las manos. El muchacho se presentó ante la bailaora:
- Me conocen como Bernabé Velazquez, deseó hablar con vos. Nada grave, es por una propuesta de trabajo en una fiesta privada. Ante todo quiero hacerte un regalo.
En ese momento, el muchacho sacó un Queso del portfolios que llevaba. Era un Queso Emmenthal, esos enormes Quesos suizos con grandes agujeros. La bailaora se sorprendió ante el “obsequio”, se detuvo ante el joven y le preguntó:
- Nosotros nos conocemos de antes...
- Por supuesto, me conocen como Bernabé Velazquez, pero mi nombre auténtico es Carlos Sebastián Beneitez.
Al escuchar ese nombre, la bailaora sintió que se le helaba l sangre. En ese momento, acercándose a muy corta distancia de ella, Carlos le preguntó a la chica:
- ¿Te gusta el Queso?



La bailaora, aterrorizada, intentó decir algo, cuando Carlos, muy despreocupado, sacó un gran cuchillo, con una hoja de más de treinta centímetros, y comenzó a apuñalar a la inocente mujer.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar la primera cuchillada, dándole un fuerte tejo en el pecho de la víctima, de izquierda a derecha.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el segundo cuchillazo, clavando el cuchillo hasta el mango en el estomago de la víctima.
- -Queso - dijo en voz alta al efectuar la tercera puñalada, un corte profundo en el cuello de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el cuarto cuchillazo otra vez en el estomago.
- Queso – dijo al efectuar la quinta puñalada, dejando esta vez el cuchillo clavado sobre el corazón de la mujer.
El asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso Emmenthal y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta por sexta voz:
- Queso.
Abandonó el lugar muy rapidamente, sin que nadie lo notara, mezclado entre quienes los trabajadores y el público del “tablao flamenco”.


Viernes, pasadas las nueve de la noche, en el Hospital Central

Giselle Amoros, enfermera, comenzaba a prepararse para una larga noche de guardia en el hospital, esperando ver con que cosas se encontraría aquella jornada. Hacía poco que trabajaba en ese hospital, y se trataba de la sexta noche de guardia que le tocaba.
Se dirigía sola a un lugar donde guardaban medicamentos y drogas. Mientras iba caminando sintió que alguien la seguía y la observaba. Se dio vuelta, miró para todos lados, no vio a nadie.
-         Bah, no pasa nada...
Continuó su camino y llegó al lugar. Ingresó al lugar, iba a empezar a buscar los medicamentos, cuando grande fue la sorpresa de la enfermera al ver un Queso sobre el escritorio donde estaba el teléfono. Era un Queso Parmesano, esos grandes Quesos italianos.



Quedó dura contemplado el Queso, y en ese momento sonó el teléfono de línea que había allí instalado. Se sorprendió todavía más ante este suceso, pero de todas formas, levantó el tubo:
-         ¿Quién es? – preguntó la chica.
-         Carlos Sebastián Beneitez, ¿Te gusta el Queso? – fue la respuesta, pero para sorpresa de la enfermera, escuchó la voz como si la pronunciará alguien que estaba en ese lugar.
Se encontraba aún estupefacta por escuchar esa voz tan cerca, y sintió terror al escuchar ese nombre, y por eso, no advirtió que un hombre alto, patón y con guantes negros, estaba detrás de ella, sosteniendo una soga. 



Fueron apenas segundos, fracciones de tiempo imperceptibles, cuando el muchacho colocó la soga alrededor del cuello de la chica, y dotado de una gran fuerza criminal, comenzó a estrangularla. Mientras lo hacía, el asesino decía en voz alta:
-         Queso – y apretó con más fuerza la soga sobre el cuello de la enfermera.
-         Queso – dijo por segunda vez, mientras la enfermera intentaba defenderse en vano.
-         Queso – dijo por tercera vez y seguía estrangulando a la chica.
-         Queso – dijo por cuarta vez y la enfermera ya daba signos de quedarse sin aire.
-         Queso – dijo por quinta vez cuando la chica quedó sin aire como consecuencia de la estrangulación, y el asesino dio por finalizada su tarea.
En ese momento, el asesino tomó el Queso Parmesano que había sobre el escritorio, lo tiró sobre su víctima, y dijo en voz alta por sexta vez:
-         Queso.

El estrangulador se retiró del Hospital, con la misma impunidad con la que había ingresado, sin ser advertido por nadie, pasando por una persona más de los muchos que estaban en el lugar.


Viernes, diez y media de la noche, en un departamento de la zona Norte

Solange D’Anvers llegó a su departamento tras una agotadora jornada de trabajo. Había tenido, sin embargo, una gratificación aquel día. En reconocimiento a su trayectoria, le habían regalado una figura tallada en marfil. La figura representaba a un chino.

-         Me dijeron que era el emperador Ming, je, je, seguro que es un chino del Chinatown.
Puso la estatua sobre la mesa de tocador, y fue a darse una ducha que necesitaba imperiosamente. Cuando salió, aún vestida con la ropa de baño, contempló el espejo. Lo primero que notó es que la estatua de marfil ya no estaba más ahí.
Pero su sorpresa fue mayor al ver, tras darse vuelta buscando la figura de marfil, al ver que sobre la cama había un enorme Queso, era un Queso Maasdam, esos Quesos esféricos holandeses.



-         ¿Y esto? – dijo en voz alta la chica, con una mezcla de asombro y terror - ¿Hay alguien aca? – dijo muy asustada.
-         Carlos Sebastián Beneitez – dijo una voz de hombre de alguien que indudablemente, tras las cortinas, estaba en la habitación. Escuchar ese nombre le heló la sangre a Solange, y ni siquiera pudo moverse, entre el terror y la sorpresa que sentía.
Como surgido de la nada, apareció frente a ella un hombre vestido de negro, con guantes negros sosteniendo la figura de marfil.


-         Queso – dijo Carlos, mientras con la estatua de marfil descargaba su primer golpe sobre la cabeza de la chica.
-         Queso – dijo por segunda vez Carlos, mientras la golpeaba nuevamente.
-         Queso – volvió a decir Carlos en voz alta mientras daba un tercer golpe, con la chica ya totalmente ensangrentada, tumbada sobre la cama.
-         Queso – dijo por cuarta vez, a la vez que descargaba un cuarto golpe.
-         Queso – dijo por quinta vez y descargó un nuevo golpe, con la chica ya muerta a mazazos.
Con la chica ya asesinada, el asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso Maasdam que estaba sobre la cama y lo tiró sobre el cuerpo ensangrentado de su víctima diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlos se fue del lugar rodeado de la misma impunidad con la que había llegado.


Viernes, por la medianoche, o primeros minutos del sábado, en un estacionamiento del Norte

El reloj marcaba las once de la noche cuando Florencia Pereyra estacionó el auto y bajaba del mismo. Aquel estacionamiento estaba en un segundo piso, debía bajar para dejar las llaves y registrarse. Estaba cerrando el auto, cuando de repente, levantó la vista, y para su sorpresa, vio que un enorme y gigantesco Queso Gruyere, esos que tienen agujeros muy voluminosos, se encontraba sobre el capó del auto.
La chica no salía del asombro y terror al ver el Queso, cuando como surgido de la nada, vio frente a ella a un hombre alto, de unos treinta y pico de años, con unos guantes negros sosteniendo una katana, esas espadas largas que usan los samuráis o los ninjas.
Presa del pánico, la chica atinó a balbucear unas palabras, mientras intentaba retroceder, solo por instinto, pues no podía ir a ningún lado, encerrada entre los autos, al estar una pared detrás de ella.



-         ¿Quién sos?
-         Carlos Sebastián Beneitez – fue la respuesta que escuchó, y mientras el muchacho la pronunciaba, se acercaba, katana en mano, hacia la chica, que quedó literalmente entre la espada y la pared.
-         ¿Te gusta el Queso? – dijo entonces Carlos, mientras se acercaba a la chica, siempre sosteniendo la katana.
-         Queso – dijo nuevamente en voz alta Carlos y descargó la katana sobre la chica, provocandole un tajo de arriba hacia abajo.
-         Queso – dijo Carlos por segunda voz en voz alta, a la vez que con la katana cortaba a la chica de abajo hacia arriba.
-         Queso – volvió a decir Carlos, por tercera vez, mientras con la katana le cortaba el cuello, produciéndole a la chica una herida aún más profunda que la anterior.
-         Queso – dijo por cuarta vez en voz alta Carlos mientras efectuaba un nuevo corte, mucho más profundo, sobre el cuello de la chica.
-         Queso – dijo por quinta vez Carlos, mientras con un nuevo corte terminaba de arrancarle la cabeza a su víctima.
Una vez que la chica fue decapitada, el asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso que tenía guardado entre sus pertenencia y lo tiró sobre el cuerpo mutilado de su víctima diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlos se fue del lugar rodeado de la misma impunidad con la que había llegado.


Sábado por la madrugada, en el Aeropuerto

Cometidos ya los cinco asesinatos que había planificado, Carlos Sebastián Beneitez, tomó nuevamente su equipaje, y se dirigió al Aeropuerto a abordar el vuelo de Air France, con destino París.
Sabemos que está allí, en París, hablando en correcto francés, vendiendo Quesos, perdón fromages en una fromagerie entre Les Invalides y la Tour Eiffell, respondiendo al muy francés nombre de “Charles Sebastian Bennoit”.



El sexto Carlos (el sexto Queson)



Erase una vez un jugador de rugby, alto, robusto y patón, llamado Carlos Alejandro Elder, pero al que todos conocían por el apodo de “Charlie”. En una ocasión, tras un partido de rugby, en un tercer tiempo Charlie conoció a Verónica, la novia de otro rugbier, Patricio Albacete, un gigantón que medía como dos metros. Charlie comenzó a hablar con Verónica, y surgió entre ellos una inocultable química, al punto tal que en forma secreta quedaron en volverse a ver el jueves de ese misma semana.
Como quien no quiere la cosa, Charlie y Verónica se convirtieron en amantes, dos o tres veces por mes se veían, solo para tener sexo siempre en el mismo hotel alojamiento, ubicado en el centro de la ciudad.


A pesar de tener relaciones íntimas con la chica, Charlie contrato a un detective privado para tener datos sobre Verónica. El detective Mark Famaulina le pasó un detalle informe sobre el pasado de la chica.
-         Tu amante tiene una historia muy trágica, Carlos – le dijo Mark mientras le entregaba el informe a Charlie.
-         ¿En serio? ¿Porqué le decís?
-         Su madre y sus cuatro hermanas han muerto todas asesinadas por Quesones, una por una, siempre en cada uno de los crímenes el asesino se llamaba Carlos, y les tiraron un Queso.
-         Vaya, que extraña coincidencia, contame más...
-         En el informe tenes todo detallado, Carlos, pero te voy adelantado lo más importante. La madre de la chica, Ana María Perez, fue una prestigiosa modista y era dueña de una de las boutiques más caras de la ciudad. Fue brutalmente asesinada por su esposo de ese momento, Carlos Calvo, que le dio como cuarenta y cinco puñaladas, y después le tiró un Queso.
-         ¿Se trató de un crimen pasional?
-         No. Carlos Calvo era un asesino. Había apuñalado a otras mujeres, entre ellas a sus dos esposas anteriores y a Laura Montes, la mejor amiga de Ana. Por este crimen lo detuvieron, y el testimonio de Ana fue vital en el juicio para que lo condenaran a prisión perpetua.
-         ¿Entonces estaba preso?


-         Sí, pero escapó en un motín, y fue en esa ocasión cuando aprovechó la oportunidad para asesinar a Ana.
-         Una historia muy curiosa... ¿Y qué paso con las hermanas?
-         En realidad, tres medias hermanas y una hermana, pues Ana tuvo una vida sexual muy intensa. Carlos Calvo fue su quinto marido, el cuarto, Carlos Monzón, que murió en un accidente carretero, era el padre de Verónica, y de la otra chica, Andrea, que fue baleada por un joven llamado Carlos “Charlie” Reich.
-         ¿Y las otras tres?
-         Eran hijas de Ana con tres hombres diferentes, todas mayores que Verónica. La mayor, Paula, fue apuñalada por el futbolista Carlos Bossio; la del medio, Lorena, también murió acuchillada aunque por un rugbier, Carlos Ignacio Fernández; la más chica, Valeria, fue degollada con un enorme cuchillo por el basquetbolista Carlos Delfino.
-         ¿Y todo esto cuando ocurrió?
-         Hace muchos años, a Ana la mataron en 1991; a Paula en 1996, a Lorena en 1999, a Valeria en 2002, a Andrea en 2004...
-         Vaya, vaya, todo muy curioso. ¿Y siempre les tiraron un Queso?
-         Siempre, en todos los crímenes, los asesinos tiraron Quesos sobre los cadáveres de sus víctimas, por eso se dice que cada uno de estos asesinos es un Queson. Carlos, lee el informe completo, ahí te vas a enterar de más cosas.


Así finalizó la reunión entre Carlos Elder y el detective privado. Charlie comenzó a pensar mucho sobre todo lo que se había enterado. El extraño destino de Ana y sus hijas, todas asesinadas por hombre llamados Carlos, todos “Quesones”, y como Verónica, su amante, era la única sobreviviente.
De repente, a Carlos lo asaltó una idea y pensó en voz alta:
-         Soy el sexto Carlos. No es casual que el destino haya querido que la conociera a Verónica. Debo asesinarla, es el destino, soy el sexto Carlos. No hay dudas. La asesinaré y le tiraré un Queso... como hicieron los otros...


Aquel jueves, Charlie fue a verla a Verónica. La diferencia con otras veces es que esta vez compró un Queso en el camino. Era uno de esos Quesos de cáscara roja, llamados “Pategras”. Carlos llegó al hotel donde siempre se reunía con Verónica. Tras estar totalmente desnudo, cuando iba a tirarse en la cama para tener sexo con la chica, esta le preguntó:
-         Carlos, ¿Porqué tenes esos guantes negros en las manos?
-         Porque soy un asesino, Verónica, un Queson, no podrás escapar a tu destino... como tu madre y tus hermanas serás asesinada por un Carlos... y yo soy ese Carlos.
-         ¡Socorro! ¡Quieren asesinarme! – comenzó a gritar desesperada la chica.
Carlos se tiró encima de ella y con sus manos la agarró del cuello, a continuación, empezó a estrangularla. La chica intentó defenderse pero nada pudo hacer. Cuando ya estaba muerta, Carlos sacó sus manos del cuello de sus víctima, agarró el Queso y lo tiró sobre el cadáver de Verónica.
-         Queso – dijo en voz alta, se vistió y abandonó la habitación.
Así se cumplió el destino, Charlie Elder era el “sexto Carlos”, el sexto “Queson”.



El Queso Gay en una tarde soleada



Laura, una chica de unos treinta y cinco años, más o menos, se encontraba sola en su casa cuando estaba descansando tranquilamente en la pileta, tomando sol y leyendo un libro. De repente, sintió un ruido, como si alguien estuviera caminando. Se dio vuelta, y para su sorpresa, un hombre de unos treinta y pico de años, bastante alto, algo patón, con el torso desnudo, vestido sola con bermudas y ojotas, estaba frente a ella.
-         Buenas tardes, Laura.
La mujer no pudo ocultar su susto al ver a este hombre frente a ella, y en un evidente estado de pánico y alteración, le preguntó:
-         ¿Quién sos? ¿Qué haces aca?
-         Soy Carlos. Mi nombre es Carlos Fabián Meliá, me llaman el “Queso Gay”.
-         ¿Queso Gay?
-         Sí, soy un asesino a sueldo, especializado en ejecutar mujeres. Me contrataron para asesinarte.
Carlos no había terminado de decir esto cuando sacó un revolver, con silenciador, y apuntó hacia la chica. Aunque Carlos estaba con el cuerpo y el torso desnudo, sus manos sostenían el revolver con guantes negros.
Laura se aterrorizó aún más al comprobar que Carlos la estaba amenazando con el arma, nada podía decir, el asesino entonces continuó hablando:


-         Tu cuñado y mi tocayo, Carlos, me contrató para asesinarte. Me dijo que asesinó a su esposa, a tu hermana, la apuñaló y le tiró un Queso. Ahora quiere que te asesiné y que te tiré un Queso.
-         ¿Mi hermana asesinada? ¡No, es mentira!
-         Ninguna mentira, es verdad, pero no te preocupes, en breve te encontrarás con ella en el más alla, te recuerdo que estoy aca para asesinarte y tirarte un Queso...
-         ¿Un Queso? ¿Qué es toda esta locura?
-         Soy un asesino Queson. A cada mujer que asesinó le tiró un Queso, te dije que me llamaba Carlos, Carlos Melia, pero que todos me conocen mejor por mi apodo, el “Queso Gay”.
-         ¿Sos gay?
-         Soy un Queso y soy Gay.
-         Por favor, Carlos, no me mates, no me mates – dijo aterrorizada la mujer.
-         Lo siento, pero la vida de un asesino a sueldo es así.
Carlos no terminaba de decir esto cuando apunto el revolver hacia la mujer y efectuó el primer disparo, luego disparo en otras siete ocasiones. Cuando la mujer estaba ya muerta, con los ocho balazos en el cuerpo (uno en la cabeza, cuatro en el pecho, uno en el cuello, dos en el estomago), y el cadáver se encontraba en el piso, cerca de la piscina, Carlos sacó un enorme Queso de sus pertenencias. Era un Queso Reggianito, esos de cascara negra, que sirven para rallar, bien duro. Carlos Melia tiró el Queso sobre la mujer asesinada y dijo en voz alta:
-         Queso.
Y se fue, de la misma forma misteriosa, en que había llegado.


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