jueves, 25 de agosto de 2016

Un par de zapatos para Martín Lousteau


Nadie sabe como fue, lo cierto es que parece que ocurrió un domingo muy lluvioso en las primeras horas de la noche. Según me han contado Martín Lousteau, un hombre de unos cuarenta años se encontraba en su mansión ubicada en los suburbios de la gran ciudad.
Lousteau se encontraba trabajando, ocupado en sus negocios y preparando una ardua semana de trabajo. Creía estar solo en aquella casa tan grande, pero escuchó ruidos, como si alguien se acercará.
Era Valeria, “la Quesona”, la chica rubia con la que había tenido sexo aquel fin de semana. Martín se sorprendió pues creyó que la joven se había ido hacía un rato largo.
- Hola Quesona, creí que no estabas – le dijo Lousteau a Valeria.
- Fui de compras pero iba a volver porque no quiero irme sin darte estos regalos – contestó la chica – tres regalos.
- ¿Tres regalos?
- Sí.
- Bueno, dámelos, Quesona.



La Quesona sacó una bolsa con una enorme caja de zapatos. La colocó sobre la mesa. Martín abrió el paquete y para su sorpresa, vio que era un par de zapatos italianos talle 46.
Lousteau esbozó su clásica sonrisa. Le gustó mucho el regalo. Valeria le dijo:
- Espero que disfrutes de estos bellos zapatos. Ayer cuando te dije tenías un par de zapatos gastados, me dijiste…
- “Tengo solo dos pares, unos negros y unos marrones y encima me cuesta conseguir mi talle” eso te dije, ja, ja, ¿Verdad, Quesona?
- No es para menos, calzas 46. Dale probatelos.
- ¿No hay otros regalos?
- Primero calzate los zapatos, después te doy los otros regalos.
Lousteau se sacó los zapatos gastados que llevaba puestos, y se probó los puestos. Le quedaban perfectos, y los apoyó sobre la mesa. 
- Debes tener olor a Queso.
- No, soy patón, no soy Quesón. Mi nombre es Martín, no Carlos.
- ¿Puedo sacarte los zapatos?
- Hace lo que quieras, Quesona.



Siempre con los pies sobre la mesa, la chica le sacó primero los zapatos, luego las medias, y al oler los pies de Lousteau comprobó que efectivamente no tenían olor a Queso.
- Que desilusión imaginaba un buen olor a Queso en estos piesotes.
- Te lo dije, no soy Quesón.
- Un desperdicio. Tan bellos pies sin olor. No importa, te haré cosquillas.
La chica le hizo cosquillas en los pies a Lousteau y fue como una auténtica tortura para el yuppie. A pesar de eso le gustó mucho, hasta que finalmente le dijo:
- Bueno, ya basta, no soportó más.
- Está bien.
Lousteau en ningún momento sacó los pies descalzos sobre la mesa y le dijo a la chica:
- ¿No había otros regalos para mí?
- Es cierto.
Valeria sacó otro paquete, bastante pesado, lo abrió y era un Queso Gruyere.
- ¿Un Queso? – dijo sorprendido Lousteau.
- Sí, era para comparar el olor de tus pies con el de este Queso…
- ¡Ja, ja, ja! – río Lousteau – estás loca…
- Puede ser – dijo la chica mientras le daba la espalda a Lousteau – puede ser…
- ¿Y el tercer regalo?
- Es este.


La chica se dio vuelta y para sorpresa de Lousteau, lo apuntó con un revolver calibre 45 con silenciador.
- ¿Qué es esto? ¿Una broma?
- Sí broma es sinónimo de asesinato, entonces esto es una broma.
No hubo más palabras, solo un disparo que la chica efectuó sobre la cabeza del joven, que cayó muerto de inmediato tras recibir el balazo en el cráneo.
- Queso – dijo la asesina mientras tiró el Queso sobre el cadáver de su víctima…
La Quesona tomó los zapatos de Lousteau y se los llevó como un trofeo para su gran colección de zapatos, en efecto en su departamento la asesina tenía una vitrina con un par de zapatos o zapatillas de cada una de sus víctimas



viernes, 15 de julio de 2016

Una noche de Carlos Delfino y Fabricio Oberto


Erase una vez dos basquetbolistas, uno se llamaba Fabricio, Fabricio Oberto, el otro Carlos, Carlos Delfino, Fabricio medía 2,08 metros mientras Carlos unos ochos centímetros menos, pero aunque uno era más alto que el otro, Carlos era más patón, calzaba 50, mientras Fabricio apenas llegaba a un 46/47...


Nadie sabe cuando ocurrió, pero fue en el tiempo en que Fabricio Oberto aún jugaba en la selección nacional. Aunque el protagonista de nuestra historia no es Oberto, sino Carlos Delfino, el “Lancha”, el “Cabeza”, el “Quesón”…



Dice la leyenda, pues nadie puede probar si ocurrió en verdad, que una noche Carlos Delfino se puso los guantes negros, agarró un cuchillo, tomó un enorme Queso Gruyere, se miró al espejo y dijo:
-        -  Debo asesinar a alguien esta noche… 




En forma inmediata, y como posesionado por algo o por alguien, Carlitos se fue del lugar, con el Queso y el cuchillo en sus manos. Fabricio Oberto, que compartía habitación con él, se encontraba en el baño, salió y dijo:
-        -  ¿Dijistes algo, Carlitos?




Pero Carlitos no estaba en la habitación. Oberto se extraño ante la ausencia de Carlos, pero pensó que había bajado a la recepción del hotel, quizás al Casino, y entonces Fabricio se acostó, leyendo alguno de esos comics que tanto le gustaban…



Carlos salió como un cazador furtivo...



En algún lugar de la ciudad, una chica, Rocío Magallan, se encontraba en su casa, mirando una película de terror, junto a su amiga Solange Gomez…
Ambas estaban posesionadas mirando la película, pero Solange escuchó unos extraños ruidos, como si alguien hubiera entrado a la casa, y se levantó del lugar…
Rocío no escuchó el ruido y ni siquiera se dio cuenta que Solange se había levantado.



Solange se acercó hacia la puerta de la casa, la abrió, se fijó, nadie había y regresó al lugar, pero mientras iba avanzando, y en forma sigilosa, un hombre muy alto, con enormes pies, vestido totalmente de negro, se puso detrás de ella…
Era el basquetbolista Carlos Delfino que en forma rápida y sin que la chica lo pudiera advertir ni resistir, el basquetbolista la tomó por el cuello, le tapó la boca, sacó el cuchillo y la degolló con una profunda herida en el cuello.


Cuando terminó de asesinar a Solange Gomez, Carlos tomó el Queso y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta:
-         - Queso.
El asesino no finalizó su sangrienta tarea, Carlos Delfino, con el cuchillo en la mano, se acercó hacia Rocío Magallan, que continuaba mirando demasiado atenta aquella película de terror.
En el mismo momento en que la película de terror mostraba una imagen donde a una chica le cortaban el cuello, Carlos Delfino desde atrás, tomó a Rocío Magallan y con el cuchillo, la degolló.



Hizo lo mismo que con la víctima anterior… Carlos agarró el Queso y lo tiró sobre Magallan diciendo en voz alta:
-         - Queso.
Cuando terminó muy satisfecho, Carlos Delfino regresó al hotel. Fabricio Oberto estaba aún despierto, de hecho no habían pasado más de dos horas, y le dijo a Delfino:
-         - Carlitos, ¿Dónde estuviste?

-         - Lo de siempre, lo normal, Fabricio.


Carlos Bossio y el Crimen de la Psicologa


La Psicologa Inés Ocampo llamó a su próximo paciente, que de acuerdo a aquella lista, era también el último.
- Bossio, Carlos Gustavo.
El paciente era muy alto (1,95) y patón (50 de calzado), era realmente un hombre de una gran corpulencia, tanto que llamó la atención de la psicóloga, acostumbrada a ver de todo.
Tras las presentaciones normales, empezó el dialogo entre el paciente y la psicóloga. A Ocampo le llamó la atención que Bossio no se sacará los guantes negros que tenía puesto, pero nada le dijo, convencida que sería algo relacionado con la patología del paciente.
Al acostarse en el diván, donde lógicamente no entraba, los enormes pies de Carlos quedaron afuera del mismo. El muchacho le dijo:
- Disculpame piba, pero… ¿No te molestaría que me saque los zapatos?
- No, por supuesto, Carlos.
Bossio se sacó los zapatos, y al quedar con sus medias, un enorme e intenso olor a Queso invadió la habitación. La psicóloga intentó disimular el hecho de no poder aguantar el olor a Queso de los pies de Carlos Bossio.
- Tengo olor a Queso en los pies, ese es uno de mis problemas.
- ¿En serio Carlos, ese es el problema?
- Saqueme las medias, licenciada Ocampo, y le cuento todo…
La psicóloga le sacó las medias, pero Bossio redobló la apuesta, y le dijo:
- Olé mis pies, por favor.
Así lo hizo Inés Ocampo, apenas lo pudo soportar, Carlos le dijo:
- Ese es el problema, tengo olor a Queso en los pies. Me dicen “el Quesón”, pero eso no es nada comparado con lo que voy a decirte a continuación.
- ¿Qué me querés decir, Carlos?
- Qué el olor a Queso me despierta un instinto criminal irrefrenable, que soy un asesino serial de mujeres y que vos vas a ser mi próxima víctima.
Carlos Bossio sacó un cuchillo gigantesco de la nada, y se tiró sobre la psicóloga, apuñalándola en forma salvaje. Le dio decenas de cuchillazos, cuando terminó, sacó un Queso de sus pertenencias, y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Se fue del consultorio sin mayores problemas, muy satisfecho con el crimen cometido. Los medios de comunicación titularon el hecho “Nuevo asesinato del Quesón” (Clarín), “El Quesón vuelve a atacar” (La Nación), “Psicologa asesinada por el Quesón” (La Razón) y “La partió como un Queso” (Crónica).


Carlos Bossio y el Crimen de la Abogada



Verónica debió haber abandonado su estudio jurídico hacía rato, pero estaba tan ocupada en un caso que siguió trabajando mucho más de lo habitual. Sobre todo para un día viernes. Generalmente los viernes solía terminar alrededor de las cinco, cinco y media, como tarde. Pero aquel viernes aún estaba ahí aunque el reloj ya marcaba las ocho de la noche.
- Bueno, suficiente por hoy, el lunes sigo – dijo Verónica pensando en voz alta y recordó - ¡Es cierto que debo ir a cenar a la casa de Lucrecia!
Minutos después, estaba cerrando la puerta del estudio jurídico, cuando el ascensor se detuvo en el piso, y del mismo salió un hombre muy alto, vestido totalmente de negro, incluyendo un par de guantes negros y enormes zapatos, debería calzar un talle cincuenta.
- Buenas noches – dijo el hombre - ¿Usted es la doctora Verónica Magallanes?
- Sí. ¿Usted…?
- Carlos Bossio. Mi nombre es Carlos Bossio. Necesitó hablar con usted, es urgente.
- Venga el lunes a primera hora, hoy ya finalicé.
- No puedo esperar hasta el lunes. Es algo muy grave. Me acusan de un asesinato.
La abogada expresó una mirada de asombro, y dijo:
- Bueno, señor Bossio, pase…
Abrió la puerta del estudio jurídico y Carlos Bossio entró junto a la abogada…
- Dígame Señor Bossio soy toda oídos…
- Es un caso muy grave, doctora Magallanes, me acusan de un crimen.
- ¿De qué crimen?
- Del suyo – dijo Carlos Bossio mientras sacaba un enorme cuchillo de sus pertenencias – Soy Carlos Bossio, el Queson, el asesino serial de mujeres.
A continuación Carlos atacó a la abogada con el cuchillo, dándole varias decenas de puñaladas, cuchilladas y cuchillazos, una tras otra, hasta totalizar como setenta, o quizás, ochenta puñaladas.
Cuando finalizó, Carlos Bossio agarró el Queso que tenía en su portafolios y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Bossio abandonó el lugar, muy contento con el crimen que había cometido, uno más en la larga lista de “el Quesón”.



El asesino de Daniela Cardone



Cuenta la leyenda que en un tercer tiempo de un partido de rugby, se encontraba la conocida modelo Daniela Cardone, que comenzó a percibir un fuerte olor a Queso a su alrededor. No del alimento hecho con leche al que conocemos como “Queso” sino ese olor fuerte e intenso que suelen despedir los pies de hombres.
- ¡Qué olor a Queso! – dijo, y pensó que era obvio, que después de un partido de rugby era lógico que los rugbiers tuvieran olor a Queso - ¡Son sucios los rugbiers! ¡Deberían lavarse antes de venir al tercer tiempo!



Cardone empezó a darse cuenta que el olor provenía del rugbier “Nacho” Fernández Lobbe que estaba cerca suyo. Seguramente desinhibida por el alcohol que tenía encima, Cardone le dijo a Nacho:
- Vos sos el que tenés olor a Queso.
- Obvio, nena, soy un Quesón – fue la respuesta de Fernández Lobbe  - a que querés que huelan mis pies?
- ¿Quesón? Muy gracioso, je, je, vos sos…
- Carlos Ignacio Fernández Lobbe.
- ¿Carlos? Qué nombre tan masculino…
- Ya lo creo. Muchos desconocen que me llamó Carlos. En el rugby todos me conocen como “Nacho” y en los medios suelen olvidarse de mi primer nombre, y ponen “Ignacio Fernández Lobbe”.
- Parecés muy macho… Te llamas Carlos y tenés olor a Queso en los pies… ¿Cuánto calzas?
- Mucho, un 48/49. Pero que te parece… Daniela, ese es tu nombre, verdad? Digo, que te parece si nos encontramos esta noche, para que pruebes mejor mi masculinidad y mis Quesos.
- Excelente idea. Te espero en mi residencia particular, en la calle de los Japoneses n° 32, después de las once.
- Allí estaré.


Eran las once y media de la noche, Cardone estaba bastante impaciente pues creía que el rugbier incumpliría su promesa. Pero cuando el reloj marcó las once con treinta y siete minutos, allí estaba Carlos Ignacio Fernández Lobbe, vestido de rugbier, con los colores de Los Pumas, su 1,95 metros de altura, sus 115 kilogramos de peso, sus pies talle 48/49 y su fuerte e intenso olor a Queso.
- Ahora vas a poder oler mis Quesos.



Fernández Lobbe puso su enorme pie derecho sobre el rostro de Cardone, que arrodillada, y en un gesto sumiso, comenzó a oler esos pies. A Cardone le encantó la experiencia, a punto que no solo olió los pies de Nacho Fernández Lobbe, sino que también los chupó, besó y lamió. Primero el derecho, luego el izquierdo.
- ¿Te encantó la experiencia?
- Me fascinó. ¿Trajiste una valija, Nacho?
- Sí, hay allí una sorpresa, para después. Ya conoces mis Quesos, Cardone, ahora quiero que conozcas bien mi masculinidad.
A continuación tuvieron sexo, en una experiencia que fascinó a ambos. Cuando terminaron, Cardone quedó acostada, Nacho se paró como a buscar algo, y cuando volvió, para sorpresa de la mujer, sostenía un enorme Queso con sus guantes negros.
- ¿Y ese Queso, Nacho?
- Ese Queso es para vos…
- ¿Para mí?
- Soy Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el Quesón, el rugbier asesino, yo asesiné a Viviana Canosa, a Soledad Solaro, a Andrea Frigerio, y a las demás.



De repente, Fernández Lobbe sacó un enorme cuchillo de entre sus pertenencias y sin mediar palabra alguna, se lo clavó a Cardone en el estómago, la mujer no pudo oponer resistencia alguna, y a continuación el rugbier le aplicó más puñaladas, principalmente en el pecho y en el estómago.


Cuando finalizó, Carlos Ignacio Fernández Lobbe agarró el Queso y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
El rugbier abandonó el lugar, muy contento con el crimen que había cometido, uno más en la larga lista de “el Rugbier Quesón Asesino”.


El asesino de Dolores Barreiro




Llovía torrencialmente aquel domingo de otoño sobre la zona de Punta del Este, cuando Dolores Barreiro estaba sola en la casa, nadie había más que ella. Decidió acostarse para descansar un rato luego de una jornada bastante intensa y por momentos agotadora.
Es que el día anterior Barreiro había participado de una mega desfile donde también estuvieron algunos jugadores de Los Pumas, la selección argentina de rugby. Gonzalo Quesada, Patricio Albacete, Santiago Phelan, Ignacio Miguel Corleto, Carlos Ignacio Fernández Lobbe y Juan Martín Hernández, para ser más exactos.



Barreiro se acostó, pero de repente, comenzó a escuchar ruidos, como si alguien caminará dentro de la casa. Barreiro se levantó, un tanto asustada, y comenzó a recorrer la casa. No vio nada. 
- Bah, debe ser el viento o la lluvia – pensó Dolores y se fue a dormir, sin darle importancia al asunto.
Pero al acostarse nuevamente, otra vez sintió los pasos. Dolores abrió los ojos, se dio vuelta y frente a ella estaba Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el jugador de Los Pumas, vestido con su indumentaria de jugador…


- ¿Qué haces aca, Nacho?
- Soy el Rugbier Quesón Asesino, he venido a asesinarte y a tirarte un Queso.
- ¡Sooocoorrrrooo! – comenzó a gritar desesperada la modelo – Fernández Lobbe quiere asesinarme.
- Grita lo que quieras – le dijo Fernández Lobbe – nadie vendrá a rescatarte. Nadie te escuchará.
El rugbier podría haberla atacado en ese momento con el enorme cuchillo que tenía y apuñalarla salvajemente, pero prefirió tirarse sobre la mujer y dormirla con éter.
Cuando se despertó, Dolores Barreiro estaba atada de pies y manos sobre su cama, Fernández Lobbe le dijo:
- Espero que disfrutes de mis Quesos.



A continuación la obligó a chuparle, besarle, lamerle y olerle los pies una y otra vez. Primero su pie izquierdo, luego su pie derecho. Estamos hablando de los pies de un rugbier, que calza un 48/49, quizás un 50. Carlos Ignacio Fernández Lobbe tenía un olor a Queso  intenso y apestoso. Fue una verdadera tortura para Barreiro soportar los Quesos de Fernández Lobbe.
Luego el rugbier tuvo sexo con la mujer, y tras terminar de tener sexo, agarró un enorme y gigantesco Queso Gruyere que había llevado y le dijo:
- Te tiraré el Queso.
Y le tiró el Queso encima. Entonces el rugbier sacó su cuchillo, y la apuñaló salvajemente. Le dio más de cincuenta puñaladas, una tras otra. Cuando terminó, agarró nuevamente el Queso y lo tiró otra vez su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
En un par de horas, el rugbier ya había abandonado la República Oriental del Uruguay, satisfecho por el asesinato que había cometido y por el Queso que había tirado, uno más en la larga lista de “el Rugbier Quesón Asesino”.




Charlie, el Quesón del Silenciador


Ocurrió en la Universidad, el Fiscal Larrazábal finalizó una de sus rutinarias clases sobre derecho penal cuando un alumno alto, patón, bien parecido, muy bien vestido, aunque con prendas únicamente de color negro, se acercó hacia él y le dijo…
-         Soy Carlos Alberto Reich, todos me conocen como Charlie, soy el Quesón, ¿Se acuerda de mí?
El Fiscal Larrazábal lo recordó de inmediato pero asombrado por la presencia de Charlie Reich frente a el guardó silencio y no llegó a emitir su respuesta, cuando el joven le dijo:
-         Evidentemente no se acuerda de mí o no quiere acordarse, da lo mismo, le reitero, soy el Quesón, pero por su culpa estuve preso, pero llegó la hora de la venganza…
Nada más dijo el enigmático Charlie que desapareció tan súbitamente como había aparecido. El Fiscal Larrazábal quedó asustado ante la amenaza declarada de Charlie…
Era el modelo Carlos Alberto Reich, detenido después de asesinar a su novia de ocho balazos, el caso había tenido gran repercusión en aquel tiempo pues había ocurrido en una boutique y sobre el cadáver de la modelo, Charlie tiró un Queso…
¿Cuántos años habrían pasado de aquel crimen? Diez, tal vez doce… lo cierto es que la actuación de Larrazábal como fiscal fue clave para que a Reich lo condenaran por cadena perpetua en un juicio que suscitó la atención de la opinión pública…
Larrazábal estaba convencido que Charlie Reich era autor de por lo menos otros once asesinatos, todos con mujeres asesinadas con armas similares y Quesos sobre sus cadáveres… pero solo lo habían condenado por ese asesinato…
Lo habían liberado por buena conducta gracias a la política del Ministro Chantaroni, que aplicó un indulto indiscriminado a 75 presos y Reich era uno de ellos…
Pasaron unos meses, un año tal vez, y el Fiscal Larrazabal ya se había mudado a otra ciudad, y no había tenido noticia alguna de Reich en todo ese tiempo…
Era una fría tarde de invierno en los suburbios de la ciudad. Fernanda, la esposa del fiscal Larrazábal, se encontraba dentro del auto esperando a su esposo que no tardaría en llegar…
De repente, y como salido de la nada, Fernanda se dio cuenta que ante el auto estaba un hombre alto, vestido totalmente de negro, con una chaqueta de cuero, un pasamontañas que le cubría el rostro y unos guantes.
Era Charlie que venía a cumplir su promesa…



Fernanda se sobresaltó al ver a esta figura masculina, que en forma rápida extrajo una pistola Mark 23 (MK23) con silenciador, apuntó hacia la mujer y disparó sin mediar palabra alguna.
La bala impactó en el cráneo de la mujer produciéndole la muerte en forma instantánea, quedando su cadáver recostado hacia el vidrio del auto.
El asesino se corrió hacia el costado, rompió el vidrio del auto con la empuñadura del revólver, sacó un Queso de forma esférica y de cascara roja de entre sus pertenencias y lo tiró sobre el cadáver de la mujer, abandonando rápidamente el lugar en forma misteriosa como había llegado…
El Fiscal Larrazábal salió de su casa, sin haber escuchado nada, y descubrió con mezcla de horror y asombro, que su esposa había sido asesinada…
La policía no tardó en llegar y aunque el Fiscal Larrazábal se encontraba con un ataque de pánico llegó a balbucear un nombre…
-         Charlie, Charlie, Charlie – decía sin parar.
En otro lugar de la ciudad, Charlie llegó a su departamento, se sacó el pasamontañas, los guantes negros, se contempló en el espejo y dijo en voz alta:
-         Queso.


Crimen Quesón en el Tren


El tren AVE entre Madrid y Valencia partió puntualmente en el horario convenido. Jimen, una mujer de unos treinta años, ocupaba su asiento despreocupada mientras leía la revista “Hola”. 
Con el tren ya en marcha, un muchacho alto, patón, elegantemente vestido con traje y guantes negros, más unos enormes zapatos 46, se sentó junto a ella. ¿Su nombre? Carlos Alberto Reich, lo llamaremos simplemente Charlie.
- Buenos días – le dijo Charlie a Jimena.
- Buenos días – fue la respuesta de Jimena.
Charlie se sentó. Jimena continuó leyendo la revista, al cabo de un rato Charlie se sacó los zapatos y quedó en calcetines. Mientras el tren seguía su marcha, y los minutos avanzaban, la chica comenzó a oler una fuerte fragancia a Queso. Pasados unos minutos, no tenía dudas. El olor a Queso venía de los pies de Charlie.
Jimena se sentía realmente muy incomoda, no sabía bien que hacer. En eso pasó el guarda, el oficial don Juan Andrés Butragueño, pidiendo los pasajes. Hecho el control, Jimena continuó nerviosa, y pensó en cambiarse de asiento.



De repente, Charlie le dijo:
- Disculpeme Señora…
- Jimena…
- Señora Jimena, es que tengo un problema en los pies y necesitaba…
- No importa, no se preocupe, señor…
- Charlie, Charlie Reich…
En ese momento, y sin que nadie más en el vagón se diera cuenta ni lo viera, Charlie sacó un arma del saco, una pistola Magnum 44 con silenciador, la acercó a la chica, y le efectuó un certero disparo directo al corazón.
Jimena quedó muerta, Charlie sacó un Queso sobre el portafolios, lo tiró sobre la chica asesinada, diciendo en voz alta:
- Queso.
El cadáver de Jimena quedó como en un costado, simulando que dormía o algo parecido, en minutos una voz anunció:
- El tren está próximo a arribar a la estación Valencia Joaquín Sorolla, son bienvenidos en la ciudad de Valencia y la Generalitat de la Comunidad Valenciana.
Charlie se pusó los zapatos, guardó el arma, y una vez arribado el tren bajó del mismo muy despreocupado…
Ya había abandonado totalmente la estación cuando los oficiales de RENFE don Juan Andrés Butragueño y don Emilio Santillana descubrieron el cadáver de la chica. Pero esa es otra historia…



Quesos en el Rugby 2


Según me han contado, el rugbier Carlos “Charlie” Elder, paisajista y famoso jugador de San Albano, iba en un auto con dos chicas. Las dos chicas estaban semidesnudas, tenían cabellos rubios, y parecían estar dispuestas a pasar una noche de juerga con el rugbier. Las llamaremos Solange y Giselle.
De repente, el auto se detuvo, las dos chicas en coro y al unísono le dijeron:
-         ¿Qué ocurre, Charlie?
-         No lo sé, debe ser el carburador. Nos tendremos que bajar así lo revisó bien.
Las dos chicas bajaron del auto. Para sorpresa de ambas, de repente, ante ellas estaba Charlie Elder, con sus guantes negros, apuntándole con un revolver largo, Magnum 44 con silenciador.
-         ¿Porqué Charlie?
-         Porque me llamo Carlos y voy a asesinarlas. Soy un Quesón, me gusta asesinar chicas y tirarles Quesos. Hoy les tocó a ustedes.
A continuación, Charlie disparó sobre las dos chicas. Descargó las ocho balas que tenía, cuatro sobre Solange, otras cuatro solo Giselle.
Cuando terminó tiró un Queso sobre cada una de sus víctimas diciendo en voz alta:
-         Queso.


Cuenta la leyenda que algunas semanas más tarde, Charlie fue a la casa de Melina, una compañera de trabajo, sabiendo que ella no estaba. Vestido con guantes negros, y una linterna, tenía la intención de robarle a su compañera. Charlie había llevado un revolver, una soga y un Queso.
-         Espero no tener que usar el Queso – era el pensamiento de Carlos.
Carlos tuvo el tiempo suficiente para hallar importantes joyas, unos veinte mil dólares y diez mil euros. Una cantidad que justificaba el robo. Ya se prepararaba a abandonar el lugar, cuando Melina cometió el error de llegar a su departamento.
El rugbier la esperó detrás de la puerta. La chica entró. Charlie tenía una soga en sus manos, y en un rápido movimiento, puso la soga sobre el cuello de la chica, y la estranguló sin compasión.
Cuando finalizó el crimen, le tiró el Queso y dijo en voz alta:
-         Queso.

Carlos “Charlie” Elder, asesino de mujeres, a veces estrangulando, a a veces acribillando a sus víctimas, siempre tirando Quesos.



El Queso Gay en la estación de servicio


Era una apacible tarde de primavera, en esos lugares donde nunca pasa nada, Ramira y Anastasia, las dos empleadas de un local de comidas rápidas ubicado al costado de la ruta, donde se encontraba la gasolinería, charlaban estupideces sabiendo que quizás ningún cliente llegaría por un par de horas…
Pero en ese momento, un auto se detuvo, y del mismo bajó una mujer de cabellos castaños, de unos treinta y pico de años, muy bien vestida, con un portafolios, e ingresó al local…
-         Buenas tardes – dijo Anastasia…
-         Buenas tardes – contestó la mujer visiblemente preocupada o alterada, dando la sensación como si alguien la estuviera persiguiendo – por favor… ¿Dónde están los baños?
-         Al fondo, a la derecha…
La mujer, a la que llamaremos Mariana, se dirigió entonces al baño, las dos chicas se vieron unas a otras como preguntándose, ¿Quién está mina?...
Al rato, Mariana estaba sentada sin dejar un portafolios que siempre estaba al lado suyo, consumiendo alguna comida y bebida en el local…
En ese momento ingresó al local Feliciana, una chica pueblerina que siempre solía concurrir a esa hora…
-         ¿Cómo andan, Anastasia y Ramira?


Feliciana se quedó un rato hablando con las dos chicas del local, y luego se dirigió la baño…
Mientras Feliciana estaba en el baño, ingresó al local un hombre alto, vestido de gris oscuro, con guantes negros que le cubrían las manos que le daban un aspecto de asesino a sueldo, las dos chicas lo contemplaron asustadas…
-         Buenas tardes señor, ¿Se le ofrece algo? – preguntó Anastasia.
-         Buenas tardes soy Carlos Melia, el Queso Gay – dijo el hombre…
Mariana se aterrorizó al ver a Carlos Melia, un conocido asesino a sueldo especialista en asesinar mujeres, lo llamaban el “Queso Gay” porque era gay y solía arrojar un Queso sobre los cadáveres de sus víctimas…
que en forma muy rápida, sacó una pistola, una Walter PP con silenciador, apuntó hacia Mariana, disparó y la asesinó de un disparo de un frente.


Aterrorizadas y asombradas, tanto Anastasia como Ramira contemplaron la escena.
Muy rápidamente, Melia se dio vuelta, apuntó hacia Ramira, y la ejecutó de la misma manera… en fracción de segundos, un tercer disparo dio cuenta de Anastasia…
Sacó de entre sus pertenencias tres Quesos, tiró uno sobre el cadáver de Mariana, otro sobre el de Anastasia y el tercero, sobre el de Ramira.
-         Queso, Queso, Queso – dijo en voz alta mientras tiraba los Quesos sobre los cadáveres de cada una de las víctimas.
Carlos Melia creyó que su tarea estaba cumplida, pero tenía la sospecha de que alguien más estaba en el local, entonces se dirigió hacia el baño de mujeres…
Todo en cuestión de segundos, el asesino abrió las puertas del baño y se encontró con Feliciana, la chica a la que debía ejecutar…
La mujer lo contempló aterrorizada pero nada pudo hacer, Carlos Melia le dirigió una mirada que solo los asesinos pueden realizar, y disparó un balazo ejecutándola de inmediato.
-         Queso – dijo en voz alta mientras tiraba un Queso sobre el cadáver de Feliciana.
Carlos Melia se fue del lugar mientras lo hacía pensó…
-         Menos mal que traje cuatro Quesos…
Y añadió:
-         Ja, ja, ja, parece una salsa, cuatro Quesos…

Se fue del lugar con la satisfacción del deber cumplido, el deber de un sanguinario, cruel e implacable sicario especialista en ejecutar mujeres…


jueves, 14 de julio de 2016

Carlitos y la pistola de clavos


Llovía torrencialmente aquella tarde de domingo, donde la noche parecía anticiparse ante la oscuridad de la jornada. Carlos Eisler, un joven de cabellos negros, bien parecido, de profesión modelo, alto y patón, contemplaba pensativo la ventana de su habitación mientras veía caer la lluvia…
En ese momento Carlos bajó al jardín de invierno y escuchó que su mujer decía en voz alta…
- La herencia de Carlos será nuestra. ¿Qué es lo que más le gusta a Carlos? ¡Comer Queso! A Carlos lo asesinaré con un Queso envenenado. Morirá como una rata, es lo que se merece… je, je… soy una cruel asesina, ja, ja…
Asombrado, Carlos le dijo a Giuliana:
- ¿Qué estás diciendo, Giuliana? ¿Es que acaso vas a asesinarme?
- Ja, ja, Carlitos, mirá si voy a matarte, si te amo con todo mi corazón…
- Entonces, ¿Qué era eso que estabas diciendo…?
- La letra de la obra de teatro, la de “Amores Quesones”…
- Ah, era eso… a mí me habían ofrecido el rol de Carlos…
- Y claro, un Carlos debe interpretar a otro Carlos…
- Pero creo que lo va a interpretar el galán Carlos Martín Karpan…



La pareja continuó hablando vaguedades que no vale la pena contar… lo cierto es que rato cuando llegó la hora de la cena, 
Giuliana entró a la habitación de su marido, con una bandeja donde había un Queso y una copa de vino…
- Hola Carlitos, te traigo el Queso y el Vino, como te gusta a vos…
- Gracias Giuliana.
- Como en la obra del teatro, ja, ja, la mujer le da el Queso a su marido para matarlo, ja, ja…
Carlos Eisler se rió, mientras su mujer fue nuevamente al jardín de invierno de la mansión, Carlos tomó el Queso, e iba a comerlo, cuando se detuvo instantáneamente y pensó…
- ¿Y si el Queso está realmente envenenado? 


Ya no pudo pensar más nada, no comió el Queso, tomó la bandeja, y guiado por un extraño instinto, Carlos se puso guantes negros y con la bandeja, en ese instante bajó al jardín de invierno y escuchó, que su esposa estaba hablando por celular…
- Ya le dí el Queso a Carlos. No tardará en comerlo. Tiene el arsénico suficiente para asesinarlo. En una hora, dos a más tardar, Carlos estará muerto…



El joven comprobó que su esposa realmente intentaba intentaba asesinarlo con el Queso envenenado para quedarse con la herencia…
Con sus guantes negros en sus manos, dejó la bandeja con el Queso en un costado, tomó entonces la pistola de clavos y se dirigió hacia donde estaba Giuliana, con la única y firme intención de asesinarla.
La chica se encontraba acomodando unas plantas en el jardín de invierno, y apenas se dio cuenta que Carlos había ingresado en el lugar…
Se dio vuelta y frente a ella estaba Carlos, con la pistola de clavos en la mano…
- ¿Qué pasa, Carlitos?
- Lo siento Juliana, hubiera preferido no llegar a esto, no tengo opción, vos no me diste opción…
- Pero Carlos… 
Carlos no esperó que su esposa le explicará algo, simplemente como un loco fuera de control disparó los clavos, fueron como cuarenta y cinco disparos, una atrás de otro, sin parar, que impactaron sobre la joven, que cayó muerta ensangrentada por todos lados…
El asesino tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su esposa asesinada, diciendo en voz alta:
- Queso.
Carlos Eisler quedó parado contemplado la escena. Luego de algunos minutos se acercó y agarró el libreto, ahí vió que lo que su esposa había dicho…
- “Ya le dí el Queso a Carlos. No tardará en comerlo. Tiene el arsénico suficiente para asesinarlo. En una hora, dos a más tardar, Carlos estará muerto…”
… era parte del libreto. Carlos no se arrepintió de lo que hizo, y en voz alta dijo:
- No importa. El destino es así. Soy un Quesón, y sabía que esto iba a ocurrir. Ya había asesinado a otras mujeres en el pasado, y asesinaré a otras en el futuro, je, je, mi instinto criminal es así…


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