lunes, 21 de marzo de 2016

La asesina de Oscar Córdoba


Oscar Córdoba era un muchacho muy alto que trabajaba en un taller mecánico. Por su corpulencia física tenía aspecto de ser un futbolista. Podría haberse dedicado al deporte, pero la vida lo llevó a tener que conformarse con trabajar como mecánico.
Una tarde, atendió a una clienta que era una chica rubia, joven y bella. Dijo llamarse Valeria. La chica era muy amable y simpática. Un día fue por segunda vez y otro empleado, Fabricio, quiso atenderla.
-         No, quiero que me atienda Oscar - contestó Valeria.
La tercera vez que fue, Oscar se acercó directamente a atenderla, y la cuarta, Valeria le dijo a Oscar:
-         ¿Querés tener una noche de sexo conmigo? Si tenes un buen departamento, esta noche te visito. No es necesario que me contestes ahora, tomate tu tiempo.
Oscar Córdoba se sorprendió ante el ofrecimiento de la chica. Dejo pasar un rato y esa misma tarde, cuando la chica regresó, le dio la respuesta:
-         Te espero esta noche en mi departamento, es la Calle de Pearl Harbor n° 236 departamento 17.
Así fue como esa noche la chica fue al departamento de Oscar Córdoba. El hombre le ofreció a la chica tomar un licor, Valeria aceptó, pero en un momento en que Oscar estaba distraído, la chica metió un líquido en la copa de Oscar. El hombre no se dio cuenta de nada, tomó el licor y comenzó a tener mucho sueño. Tanto que se sentó a una silla.
Cuando se despertó, Oscar estaba tendido sobre el piso, con las piernas y los brazos atados, mas los pies hacia adelante. Cerca estaba la mesa, donde había un Queso sobre una bandeja. El Queso, un Emmenthal, relucía sus grandes y voluminosos agujeros.
Valeria se tiro al piso y empezo a hacerle cosquillas en los pies.
     - Pero, ¿Que haces, que es todo esto?
- Es un juego, Oscar.
Valeria entonces le hizo cosquillas en los pies, despues se los empezo a lamer, besar y chupar. Cuando termino, le dijo:
-         Vos tenes los pies muy grandes, tus pies huelen a Queso, estan buenos, pero me imaginaba algo mejor. Yo calzo 42, que para una mujer también es un pie muy grande. Toma, olelos, a ver si te gustan.
Atado de pies y manos, Oscar levantó la vista, y no tuvo otro remedio que olerle, chuparle, besarle y lamerle los pies a la mujer. No tenía olor a Queso, los pies de Valeria eran como de una fragancia a perfume, no a esos perfumes caros de París, sino a colonia barata del Conurbano bonaerense. No dejaba de ser un aroma agradable. Cuando terminó, Valeria dándole la espalda a Oscar tomó una enorme espada con sus manos.
Valeria se puso delante de Córdoba, y estecontempló a la chica, que con una espada en la mano, le dijo:
-         Lo siento, Oscar Córdoba, pero soy la Mujer Queso, una asesina serial de hombres, y serás mi próxima víctima.
Oscar no pudo responder nada. La asesina se pusó a su espalda, levantó la espada y la atravesó en el cuerpo a Oscar Córdoba. El cadáver quedo sobre el piso, tumbado, justo al lado del Queso. Valeria arrojó el Queso sobre el cadaver de Córdoba, que yacía tumbado sobre el piso con los ojos abiertos y la espada clavada, de un lado se veía el mango y del otro, la punta. A continuación, la asesina con otro golpe de espada, le arrancó la cabeza.
Al terminar esto, la asesina dijo en voz alta:
-         Oscar  Córdoba.
Y se fue del lugar del crimen en forma tan misteriosa como había llegado. Pero antes tomó las zapatillas de su víctima como trofeo, gigantescas zapatillas, y rato después lucían en la vitrina con los demás pares de zapatos y zapatillas de cada uno de los hombres que había asesinado. Las de Oscar Córdoba tenían la inscripción con el nombre completo de su víctima:
“Oscar Córdoba”.

La asesina de Mauricio Caranta


Mauricio Caranta estaba desnudo, con solo un calzoncillo que le cubría los testículos, mientras esperaba acostado a la chica. La joven se acercó hacia él, casi desnuda, pues la única parte del cuerpo que tenía cubierta eran sus manos, donde lucía un par de guantes negros. Con sus manos sostenía una bandeja que tenía un Queso. La asesina dejó el Queso sobre un mueble y se acercó adonde estaba Mauricio.
La chica tomó los enormes pies de Mauricio y le dijo:
-         ¡Qué pies grandes que tenes! ¿Cuánto calzas, Mauricio?
-         Cuarenta y cinco – fue la respuesta de Mauricio.
-         ¿Puedo oler tus pies? – dijo la chica.
-         Bueno, pero mira que hoy no me los lave. Deben de tener olor.
-         No importa, me gustan los hombres como vos, con olor a Queso.
La chica comenzó a oler los pies de Mauricio, que efectivamente olían a Queso. Tras hacerlo, le dijo al muchacho:
-         ¿Seguimos jugando Mauricio?
-         ¿Qué queres hacer algo? Con vos hago lo que quieras.
-         Te voy a atar a la cama con estas esposas, es mi juego sexual preferido.
-         Hacelo, nena, hacelo.


La chica ató a Mauricio a la cama, y tras hacerlo, se tiró encima de él, de repente sacó un enorme cuchillo de cocina, para sorpresa y terror del hombre, que atinó a decir:
-         ¿Qué haces con ese cuchillo?
La asesina colocó el cuchillo sobre el cuello de Mauricio y le dijo:
-                      ¡Te voy a matar, Mauricio!
La asesina no terminaba de decir esto cuando levantó el cuchillo y lo clavó en el pecho de Mauricio. Lo siguió apuñalando en forma salvaje y desenfrenada. Fueron como treinta puñaladas.
Al terminar, la asesina tomó el Queso, y lo tiró sobre el cadáver de su víctima. Mientras hacía esto, dijo en voz alta:
-         Queso.
Así fue asesinado Mauricio Caranta. La asesina agarró las zapatillas de su víctima y se las llevó como trofeo.


                              La Mujer Queso (o la Quesona), una asesina serial de hombres

La asesina de Horacio Cabak


Horacio Cabak se sorprendió al ver frente a él a Valeria Mazza, muy elegante con un sombrero y vestido blanco, aunque llevando guantes de color negro, entonces le dijo:
-         Hola Valeria, ¿Qué querés?
-         Soy una asesina – fue la fría respuesta de la modelo – y he venido a asesinarte.
-         ¡¿Qué?! – respondió Horacio Cabak lleno de miedo y asombro.
No hubo más palabras por parte de la asesina, la mujer simplemente abrió su cartera, extrajo de la misma un revolver con silenciador y disparó hacia la cabeza de Horacio Cabak.
El modelo quedó muerto de inmediato, y la asesina se llevó como trofeo los zapatos de su víctima, además de tirarle un Queso al cadáver.
-         Queso – dijo en voz alta la asesina.
Esa noche en la vitrina que tenía en su departamento, la asesina guardó su último trofeo, un par de grandes zapatos negros talle cuarenta y cinco, muy bien lustrados, con la inscripción “Horacio Cabak”.


La asesina de Jonatan Conejeros


Muchos decían que el modelo Jonatan Conejeros era gay, sin embargo, acepto tener sexo con una chica alta y rubia a la que algunos llamaban Carla y otros Valeria.
Aquella noche, estaba Conejeros en su cama, totalmente desnudo, esperando por la chica, a la que le preguntó, mientras ella estaba en el baño:
-         ¿Cómo te llamas realmente, Carla o Valeria?
-         Carla Valeria, usó los dos nombre, muchos me conocen por el primero, otros por el segundo.
-         ¿Y porqué?
-         Vivimos en un país donde una cuarta parte de los hombres de llaman Carlos, entonces a ellos le digo que me llamen Valeria. Vos que te llamas Jonatan, decime Carla.
-         Ok, Valeria.
-         Sabes que muchos dicen que sos gay, pero sí tenemos buen sexo esta noche juro que difundiré que sos muy macho.
-         Me da igual – contestó Jonatan – quizás a muchos le gusta que sea gay y a otros que sea muy macho.
-         Entonces, sí te da igual, morirás Jonatan.


El modelo se sorprendió y se asustó a la vez al escuchar esas palabras de la chica, que de repente, sostenía un enorme cuchillo con sus manos, cubiertas en guantes negros, y se tiró sobre el muchacho.
Lo apuñaló salvajemente. Cuando terminó, después de asestarle treinta o cuarente cuchillazos, la asesina tiró un Queso sobre el cadáver de su víctima.
-         Queso – dijo en voz alta.
La asesina solía llevarse como trofeo el calzado de sus víctimas. De Jonatan agarró lo que tenía más cercano, un par de ojotas.



La asesina de Gastón Elola


El modelo Gastón Elola permanecía acostado desnudo, con solo un calzón beige como única prenda de vestir, esperando a la chica con la que iba a tener sexo aquella noche.
La chica, se acercó a Gastón, y parada al pie de la cama, le dijo:
-         Vamos a tener sexo, pero antes vamos a jugar un rato. Te haré cosquillas en los pies.
Gastón quedó sorprendido por la propuesta, pues no la esperaba, pero aceptó de buena gana. La chica, entonces, con una pluma, empezó a hacerle cosquillas en los pies.
-         ¿Te gusta, Gastón?
El modelo no podía parar de reírse ante las cosquillas que le hacía la chica, pero le gustaba mucho lo que estaba pasando, tanto que no advirtió que la chica, de repente, tenía un cuchillo en sus manos, cubiertas con guantes negros.
-         Te asesinaré Gastón – le dijo en ese momento la asesina.
El joven no pudo siquiera oponer resistencia alguna al escuchar esas palabras, pues con una gran rapidez, la asesina le clavó el cuchillo en el pecho, y lo apuñaló en forma salvaje. Cuando terminó con el cadáver totalmente ensangrentado de Gastón Elola, la asesina tiró un Queso sobre el mismo.
-         Queso – dijo en voz alta la asesina.
Tras tirar el Queso, la asesina agarró el par de zapatillas blancas que tenía Gastón Elola, las guardó y se alejó del lugar.
Rato después en la vitrina donde guardaba el calzado de cada una de sus víctimas, estaban las relucientes zapatillas blancas con la inscripción “Gastón Elola”.



La asesina de Rodrigo Orihuela


Después de un desfile en una localidad del sur argentino, el modelo Rodrigo Orihuela, se encontraba en su habitación, sentado sobre una mesa. Estaba totalmente borracho y comenzó a sentir un profundo sueño. Cuando se despertó, con la sensación de haber dormido durante muchas horas, intentó moverse pero estaba atado de pies y manos.
Frente a él, de repente, vio a una mujer, muy bien vestida con guantes negros que le cubrían las manos. Rodrigo la reconoció. Era Valeria.
-         ¿Qué significa esto, Valeria?
La chica se movió, se pusó detrás de Rodrigo, y rodeo el cuello con una soga, a la vez que le colocó una bolsa sobre la cabeza.
-         Lo siento Rodrigo – le dijo - morirás asesinado. Te estrangularé.
Valeria entonces lo estranguló y asfixió a la vez. El modelo opuso resistencia, pero atado de pies y manos, nada pudo hacer nada, finalmente lo asesinó.
-         Queso – dijo en voz alta la asesina, a la vez que tiraba un Queso sobre el cadáver de su víctima.
Antes de abandonar la habitación, la asesina agarró los zapatos talle cuarenta y cuatro de Rodrigo Orihuela, y se los llevó como trofeo.




La asesina de Nicolás Ripoll


El modelo Nicolás Ripoll traspasó la puerta, sin darse cuenta que detrás de él, esperándolo, estaba la asesina. La chica, con la frialdad que solo las grandes criminales tienen, se acercó en forma sigilosa a donde estaba el modelo, y con gran rapidez, le rodeó el cuello con un pañuelo de gran tamaño. Nicolás intentó defenderse, pero la asesina, dueña de una gran fuerza, lo estranguló en forma lenta pero segura. Cuando terminó de asesinarlo, con el cadáver sobre el piso, le tiró un Queso.
-         Queso – dijo entonces en voz alta.
Como era habitual en ella, la asesina se llevó los zapatos de su víctima como trofeo. 


La asesina de Leandro Penna


La asesina logró que el modelo Leandro Penna la llevara a su cama. La estaba esperando desnudo, en su cama, la asesina se acercó, y le dijo:
-         Qué lindo que sos, Leandro, me gustas mucho.
-         Vení, vamos a divertirnos con el sexo – contestó el arquero.
-         Qué lastima que no te llamas Carlos.
-         Me llamo Leandro.
-         Porqué los Carlos tienen olor a Queso y vos no tenés olor a nada – dijo la asesina.
Ya no hubo más dialogo entre la asesina y el modelo, pues la asesina sacó un cuchillo que tenía escondido detrás y se tiró encima del joven, al que apuñaló salvajemente. Fueron más de veinte o treinta puñaladas. 
Al terminar, la asesina tomó el Queso, y lo tiró sobre el cadáver de su víctima. Mientras hacía esto, dijo en voz alta:
- Queso.
Tomó los zapatos de su víctima y rato después, los guardó en una vitrina con la inscripción “Leandro Penna”.

domingo, 20 de marzo de 2016

Dos Quesos y dos Cabezas para Carlos Matías Sandes


En una ciudad de provincia, el equipo de básquet – de destacada actuación en la Liga Nacional – visitó una escuela. Una de las maestras, se acercó a Carlos Matías Sandes, el jugador estrella del equipo, que le firmó un autografo.
-         Todos te admiramos mucho, Matías – le dijo la maestra – toda la ciudad está llena de gozo y regocijo por tu presencia en los South Lambers.
-         Muchas gracias – contestó Sandes – yo solo juego al básquet si hago feliz a la gente, mucho mejor.
-         Quería pedirte un favor, Matías...
-         ¿Cuál?
-         Me gustaría hacerte una nota para nuestro medio colegial...
-         Bueno, acepto con gusto – fue la respuesta de Sandes – pero tengo los tiempos apretados, debe ser hoy mismo, mañana partimos con el equipo a jugar la prestigiosa Copa “Defensores de Yavín”. Te espero en mi casa a las siete de la noche, ¿Te parece bien?
-         Con mucho gusto, allí estaré.
Finalizada la visita a la escuela, el basquetbolista regresó a su casa, pero de camino pasó por la zona roja vió a una prostituta, de conocida reputación en la ciudad.
-         Hola Carlos – le dijo al prostituta al ver acercar la enorme figura de Sandes, que mide más de dos metros y calza un cincuenta y uno.
-         Hola nena. Te espero en mi casa a las siete. Te pagaré el triple de lo habitual.
-         Allí estaré, Carlos.
Aquella noche, mientras esperaba que fueran las siete, Carlos Matías Sandes permaneció solo en su casa, haciendo lo que más le gustaba, comiendo Queso Gruyere, con sus enormes pies descalzos apoyados sobre la mesa. En un mueble ubicado al costado de la mesa, relucían dos grandes hormas de Queso Gruyere y otra de Queso Emmental.
Estaba vestido con una casaca de básquet de Boca Juniors y sus manos permanecían cubiertas con gruesos guantes negros de cuero.
Ya no quedaban ni los agujeros del Queso Gruyere que estaba comiendo, cuando sonó el timbre. Carlos Matías Sandes pensó en voz alta:
-         ¿Será la maestra o la prostituta?
Se asomó entonces a la ventana y observó que era la maestra. Agarró entonces un algodón y lo mojó en cloroformo. Le abrió la puerta, pero Sandes se puso detrás de ella. La maestra entró y no vió a nadie.
-         ¿Matías? – dijo la maestra.


El basquetbolista la tomó por detrás, con la fuerza que tiene un hombre que mide dos metros y calza cincuenta y uno, pusó el cloroformo sobre la nariz de la maestra, y la redujó sin problemas.
El basquetbolista ató a la maestra que estaba desvanecida en un sofá de pies y manos. Cuando terminó sonó el timbre.
-         Es la prostituta – dijo entonces Sandes.
Otra vez se repitió la escena, abrió la puerta se puso detrás de ella, la prostituta entró y no vió a nadie.
-         ¿Carlos? – preguntó entonces la prostituta.
Sin mayores problemas, Sandes la redujó con el cloroformo, y estando desvanecida, la ató de pies y manos juntó a la maestra.
Algún rato después, tanto la maestra como la prostituta se despertaron e intentaron moverse pero atadas, nada pudieron hacer, solo gritar desesperadamente.
Carlos Matías Sandes, con un machete en sus manos, se acercó a las dos mujeres y les dijo:
-         Las asesinaré, chicas. Griten lo que quieren, nadie vendrá en su ayuda.
Las mujeres gritaron en forma más desesperada aún, presas del pánico y terror, pero el basquetbolista redobló la apuesta y les dijo:
-         Tendrán el placer de oler mis pies antes de ser asesinadas.
Entonces, Carlos Matías Sandes, se paró encima de las dos mujeres, aplastándolas literalmente, y puso sus enormes pies sobre ella, el izquierdo sobre la maestra, el derecho sobre la prostituta. Las chicas olieron, lamieron, besaron y chuparon los pies del basquetbolista, impregnados de un apestante, intenso y sofocante olor a Queso. Era impresionante. Luego, el basquetbolista se dio vuelta y puso su pie izquierdo sobre la prostituta y el derecho sobre la maestra. Otra vez pasó lo mismo, el olor a Queso de Carlos Matías Sandes era de una magnitud indescriptible.
-         ¿Vieron chicas? ¡Por eso mis compañeros me dicen “el Queso”, aunque yo en realidad soy un “Queson”, je, je!
Cuando terminó de jugar con los pies, Carlos Matías Sandes agarró los Quesos y los tiró sobre las mujeres, luego las asesinó a machetazos hasta arrancarle la cabeza, primero a la maestra, luego a la maestra. Al terminar, Carlos Matías Sandes otra vez arrojó los Quesos sobre sus víctimas, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Era ya muy tarde, el reloj marcaba que eran más de las dos de la mañana, cuando sobre un descampado de la zona sur de la ciudad, la enorme figura de un basquetbolista, Carlos Matías Sandes, vestido totalmente de negro, de la cabeza a los pies, tiró el cadáver de la maestra y la cabeza de la prostituta, sobre los mismos, arrojó un Queso, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Rato después, en otro descampado, pero de la zona norte de la ciudad, Carlos Matías Sandes, el basquetbolista tiró el cadáver de la prostituta y la cabeza de la maestra, arrojando un Queso sobre los mismos, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Al día siguiente, el equipo de básquet de la ciudad emprendió el viaje, en medio de la conmoción generalizada por el descubrimiento de los dos cadáveres, el de la prostituta y el de la maestra, con las cabezas invertidas, y los Quesos sobre ellas.
-         ¿Quién pudo hacer algo tan salvaje y macabro? – comentó uno de los basquetbolistas.

-         Un Queson – fue la respuesta de Carlos Matías Sandes.

Carlos Villagran, el asesino del Queso


“El auto de detuvo en medio del campo, en una zona de pastos altos sin ninguna vivienda cercana. La señora de Forcini se sorprendió ante esta parada y le pregunto al chofer:
-         ¿Qué ocurre, Carlos?
-         Hay un problema en el motor, lo siento Señora, pero tendré que revisarlo.
-         ¿Me bajo del auto, Carlos?
-         Será lo mejor.
La señora de Forcini se bajó entonces del auto. El chofer también bajó y para sorpresa de la mujer, de repente, la apuntó con un revolver con silenciador.
-         ¿Qué significa esto, Carlos?
-         Lo siento señora de Forcini, pero tengo orden de asesinarla. Mi nombre auténtico no es Carlos Belagram, como le dijeron, en realidad soy Carlos Villagran, también conocido como Carlos Queso, y más conocido aún como el asesino del Queso, el especialista en asesinar mujeres.
Carlos no terminó de decir esto cuando apuntó hacia la mujer, y sin decir nada más, le disparo seis balazos. La mujer cayó muerta al pasto, y el asesino entonces sacó un Queso del equipaje que llevaba y lo tiró sobre su víctima.
-         Queso – dijo Carlos en voz alta.
Se subió al auto y desapareció sin dejar rastro”

(Fragmento de la novela “El asesino del Queso”, de Carlos Queson, editorial Quesos, 1988)  

La asesina de Charles Walrant


“Charles, totalmente desnudo, estaba acostado con sus dos enormes pies sobresaliendo de la cama, cuando le dijo a Valeria:
-         I am waiting for you, Valeria (Estoy esperando por tí, Valeria).
Valeria se acercó, también desnuda, aunque con un par de guantes de color blanco que le cubrían las manos, y al pie de la cama le dijo a Charles:
-         I love you Charles (Te amo Charles).
Al costado de la cama había dos grandes hormas de Queso Gruyere, Charles acercó sus pies a Valeria, que empezó a chuparselos, lamerlos, besarlos y olerlos, una y otra vez. Los pies de Charles eran realmente grandes, calzaba cuarenta y cinco, y tenían un profundo e intenso olor a Queso.
-         I love your feet, Charles (Amo tus pies Charles) – le dijo Valeria a Charles mientras olía los pies.
-         Show me now your beauty female feet, Valeria (Muestrame ahora tus bellos pies femeninos, Valeria) – fue la respuesta de Charles.



La chica entonces puso sus pies sobre la cara de Charles, que los empezó a oler, lamer y besar, una y otra vez. Los pies de Valeria no olían a Queso, como los de Charles, tenían una agradable fragancia a perfume francés.
Cuando terminó, Valeria tomó un enorme cuchillo, ante la mirada asombrada y asustada de Charles, pero Valeria sonrío y le dijo:
-         Do not be afraid, Charles, cut cheese with this knife (No tengas miedo, Charles, cortaré el Queso con este cuchillo).
Valeria comenzó a cortar el Queso y empezó a esparcir cubos de Queso sobre el cuerpo de Charles. Entonces tirada sobre el cuerpo de Charles, comenzó a comer los cubos de Queso. A Charles esto le fascinó y sintió un intenso goce sexual, pero en un momento de distracción, Valeria tomó nuevamente el cuchillo y le dijo a Charles:
-         Charles now so I will kill you (Ahora sí, Charles, te asesinaré).
Valeria entonces descargó toda su furia asesina sobre Charles, apuñalando en forma salvaje, clavándole el cuchillo una y otra vez, hasta darle más de setenta puñaladas.


Cuando terminó de asesinarlo, la asesina tomó el otro Queso y lo tiró sobre el cadáver de su marido, diciendo en voz alta, en castellano:
-         Queso.”

(Fragmento de “La Quesona, una asesina de hombres”, capítulo 2 “Charles Walrant”, novela original de Carlos Queson)




La asesina de Charles Jennings


"El partido de fútbol entre Rojos y Azules se estaba desarrollando con normalidad, mientras Charles Jennings indicaba desde su cabina los goles de uno y otro equipo. Ocurrió en ese momento, que el equipo Rojo marcó el gol que le daba al partido un resultado parcial de 5-4, Charles se apresuró a poner el resultado en el marcador. Distraído, no se dio cuenta que una mujer ingresó a la cabina. 
La mujer era Valeria y llevaba una daga en sus manos. Sin mediar palabra alguna, en forma sigilosa y sin que Charles la advirtiera, la chica, daga en mano, se acercó a donde estaba el muchacho. Entonces, Valeria levantó la daga y lo apuñaló en la espalda. El muchacho quedó muerto casi de inmediato, sin poder reaccionar al no advertir la presencia de su asesina. La chica sacó rapidamente de su cartera un Queso y lo dejó sobre la mesa.
- Queso – dijo entonces en voz alta, abandonando rapidamente la casilla, sin que nadie la viera y la advirtiera.
Al ser asesinado, Charles Jennings se desplomó sobre la mesa, y así alteró el marcador, que del 5-4 se alteró hasta señalar un 10-10.
Los jugadores de los equipos rojos y azules vieron la escena, y detuvieron el partido, Pufrock y Hastings ingresaron entonces a la cabina y encontraron asesinado a Charles.
Al contemplar la escena, Pufrock gritó:
- ¡Está muerto! ¡Lo han asesinado! ¡Tiene un puñal clavado en la espalda!

(Fragmento de “La Quesona, una asesina de hombres”, capítulo 4 “Charles Jennings”, novela original de Carlos Queson)




sábado, 19 de marzo de 2016

La asesina de Juan Ignacio Chela



Juan Ignacio Chela ofreció un banquete, exclusivamente para su personal de servicio, sin invitar a ninguno de sus oficiales. Sin embargo, a último momento, decidió invitar también a Valeria Mazza.
Valeria Mazza entró y se reclinó; el corazón de Juan Ignacio Chela quedó cautivado por ella, su espíritu se turbó y ardía en deseos de poseerla, porque desde la primera vez que la vio, buscaba la oportunidad de seducirla.
"Bebe, le dijo Juan Ignacio Chela, y alégrate con nosotros".
Valeria Mazza le replicó: "Beberé‚ con mucho gusto, Juan Ignacio, porque desde el día en que nací, jamás he apreciado tanto la vida como hoy".
Entonces Valeria Mazza comió y bebió en presencia de él, mientras Juan Ignacio Chela, encantado con ella, bebió tanto vino como nunca lo había hecho en un solo día desde su nacimiento.



Cuando se hizo tarde, sus ayudantes se retiraron inmediatamente. Sólo Valeria Mazza quedó en el lugar, mientras Juan Ignacio Chela, completamente borracho, yacía tendido en su lecho.
Cuando todos ya se habían retirado de la carpa, y no quedaba nadie dentro de ella, Valeria Mazza se aproximó entonces a la barra del lecho que estaba junto a la cabeza de Juan Ignacio Chela, y descolgó de allí su espada, y acercándose al lecho, lo tomó por la cabellera y le asestó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas y le cortó la cabeza.
Hizo rodar el cuerpo desde el lecho y arrancó el cortinado de las columnas. Sobre el cadáver decapitado, la asesina tiró un Queso y dijo en voz alta:
-         Queso.
Poco después, salió y guardó la cabeza y las zapatillas de Juan Ignacio Chela. La metió en la bolsa de las provisiones, salió del lugar, atravesó y desapareció sin dejar rastro.
Así fue como Juan Ignacio Chela fue asesinado por Valeria Mazza.




La asesina de Juan Carlos Olave


Juan Carlos Alejandro Olave salió del entrenamiento de fútbol como todos los días. Llegó a la camioneta que estaba estacionada en el Parking, abrió las puertas e ingresó a la misma como cualquier otro día. Se estaba incorporando en el asiento delantero, cuando notó que una figura femenina, una chica alta y rubia, emergía de los asientos traseros. Juan Carlos se dio vuelta, y la chica le inyectó una jeringa en el cuello. El futbolista se desvaneció de inmediato y se sumergió en un sueño intenso y profundo.
Cuando reaccionó, un par de horas después, el futbolista estaba atado de pies y manos a una silla, una especie de silla de dentista, no podía moverse. No sabía donde estaba, era un cuarto oscuro y húmedo, como de una fábrica abandonada. Olave observó que frente a el había una mesa con un gigantesco Queso Gruyere, y al lado de la mesa había una chica, de cabellos largos y rubios, con un elegante vestido de color negro, y con sus manos, enfundadas en un par de guantes negros de cuero, la chica sostenía un enorme, largo y filoso cuchillo.


El futbolista se aterrorizó al ver a la chica frente a él con un cuchillo en mano, y más con semejante cuchillo, era realmente gigantesco, y solo atinó a balbucear:
-         ¿Quién sos? ¿Qué querés?
-        Mi nombre es Lorena Quesada – fue la respuesta de la chica – soy la Quesona, asesina de hombres, ya maté a muchos tipos como vos, vos vas a ser mi próxima víctima.
-         ¿Estas loca? ¿Porqué? ¡Socorro! ¡Ayúdenme! ¡Una loca quiere matarme! – empezó a gritar desesperado Juan Carlos Olave.
-         Podes gritar lo que quieras, pero no va a venir nadie. No te va a escuchar nadie, pero te voy a dar una chance de sobrevivir, una prueba de supervivencia, aunque será muy difícil que la puedas superar.
La chica entonces dejó el cuchillo sobre la mesa  y tocó un botón, el asiento donde estaba atado el futbolista se incorporó para adelante, quedando sus enormes pies al descubierto. La asesina sacó entonces una pluma, a la vez que empezó a acercarse al futbolista, y con la pluma, empezó a hacerle cosquillas en los pies.
-        Esta es la prueba, Carlitos – dijo la asesina – ver si resistís las cosquillas en los pies.
El futbolista no podía soportar las cosquillas, trataba de moverse de un lado a otro, se ría todo el tiempo, era una tortura realmente insoportable para cualquiera. Mientras le hacía cosquillas en los pies, la asesina acercaba su nariz a los pies del futbolista, los olía y entonces le dijo a Olave:
-        No tengo otra alternativa que asesinarte.
El futbolista quedó paralizado por el miedo y el terror. La asesina tomó el cuchillo y se acercó hacia su víctima. Dio una vuelta alrededor de la silla y se puso detrás de Olave, la asesina entonces tomó con fuerza el cuchillo, lo puso sobre la garganta del futbolista, y le cortó el cuello, la herida fue lo suficiente profunda, no hizo falta nada más. La sangre chorreo por todos lados, y salió tanto por la garganta como por la boca del futbolista degollado. La asesina no tardó en abandonar el lugar llevándose las zapatillas del hombre al que acababa de asesinar y pronunciando en voz alta el nombre de su víctima:
- Juan Carlos Olave.


La asesina de Rolando Martín


En aquel tiempo, la Quesona trabajaba en un multimedio relacionado con el rugby. Fue así como conoció a cientos de rugbiers, y lógicamente sintió el deseo de cometer un nuevo crimen, Rolando Martín, apodado el “Yanki” se convirtió en su próximo objetivo.
El rugbier era fácilmente seducible y una noche Lorena (o Julieta, como se hacía llamar) logró que Rolando la invitara a su departamento. Martín imaginaba una buena cena, disfrutar después de una copas y de la música, y finalmente tener sexo con la Quesona. Muchas chicas desfilaban por su departamento. Sobre una mesa muy bien servida había una bandeja con un Queso Gruyere.
Rolando estaba sentado sobre la mesa y le daba la espalda a la chica.


La Quesona se dio cuenta que era el momento para asesinarlo y entonces se puso los guantes negros y al pasar por la cocina y detuvo su vista en un enorme, largo y filoso cuchillo que estaba sobre la mesa. La Quesona lo tomó, y dio media vuelta, dirigiéndose hacia donde estaba Rolando. Dijo entonces:
-         Rolando, aca tengo el cuchillo para cortar el Queso.
El joven, estaba despreocupado cuando La Quesona llegó justo atrás de Rolando, agarró bien fuerte el cuchillo con las dos manos, lo alzó y descargó un golpe seco sobre la nuca del joven. El cuchillo entonces le atravesó el cuello al rugbier desde atrás, con la cabeza tendida sobre la mesa, quedando muerto de inmediato.
La chica fue apagando las luces y abandonó el departamento, llevándose los zapatos de su víctima, satisfecha y llena de placer con el crimen que acababa de cometer, y dijo en voz alta:
- Rolando Martín.
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