domingo, 1 de mayo de 2016

El Karma de Ravelia capítulo 1


Un nuevo amanecer de aquel triste invierno llegaba para Ravelia. Una vez se despertó ojerosa y angustiada, después de haber tenido sueños extraños, delirantes, a los que no le encontraba explicación alguna. Ravelia abrió los ojos y vio el almanaque...
“24 de agosto”
-         Hace dos meses me separé de Juan y veinte días que me echaron del trabajo – pensó Ravelia – Peor imposible.
Un día antes Ravelia había ido a una entrevista laboral, en la Empresa Constructora Carlos Quesón, por un puesto administrativo, pero no guardaba expectativa alguna de que fuera convocada para el puesto.


Mientras tanto, en la empresa constructora del prestigioso ingeniero Carlos Quesón, el propio Carlos Quesón hablaba con la señorita O’Connor.

-         Diez chicas se presentaron para el puesto, señor Quesón.
-         ¿Y como eran las aspirantes?
-         Nueve calificaban muy bien, le aseguro que eran todas competentes, la otra pobre, no podría trabajar nunca en una empresa tan prestigiosa como la nuestra.
-         ¿Me muestra las solicitudes, por favor?
La señorita O’ Connor le dio las solicitudes al ingeniero Quesón, que comenzó a leerlas una y otra vez, se detuvo en una...
-         ¿Ravelia? ¿Hay alguien que puede llamarse así?
-         Esa es precisamente la única de las diez aspirantes que no reinaba ninguna de las cualidades que necesitamos para el puesto...
-         No sé cuando ni donde, pero creo conocer a esta chica de algún lado. Es la elegida.
-         Pero señor Quesón... esa chica...
-         Ya se lo dije, señorita O’ Connor. Es la elegida.
Carlos Quesón entonces agarró nueve de las diez solicitudes, las rompió y las tiró al basurero. Solo se quedó con la de Ravelia, y entregándoselo a la señorita O’ Connor, le dijo:
-         Llámela y dígale que empieza mañana a las ocho. Yo mismo la recibiré en mi despacho.
Ravelia recibió la noticia y sintió como si el sol se abriera en medio de la oscuridad. Al día siguiente estaba a las ocho en forma puntual. La señorita O’Connor la recibió con frialdad y desprecio. Pero Carlos Quesón, todo lo contrario...
-         No sé porque pero usted y yo de algún lado nos conocemos... cuando ví su foto en la solicitud y ahora viéndola personalmente – le dijo el ingeniero.
-         Yo siento algo parecido, señor Quesón...
-         Carlos – le dijo el ingeniero – Me llamo Carlos. La señorita O’Connor que me diga señor Quesón, vos Ravelia, me vas a llamar simplemente Carlos.
-         Muy bien señor... – y Ravelia se frenó y dijo – muy bien, Carlos.
-         Así es. Carlos. Repetí conmigo.... Caaaaarrrrlooossss
Ravelia se sonrió, y riéndose dijo:
- Carlos.


El Karma de Ravelia capítulo 2


esta historia viene del capítulo 1

Pasaron algunos días, el señor Quesón se acercó a Ravelia y le dijo:
-         Mañana viernes cambiarás de horario. Vendrás a las doce y te quedarás hasta las ocho. Tengo una tarea especial para darte...
-         Se lo comunicaré a la Señorita O’Connor...
-         No, no le digas nada, no es necesario. Las ordenes aca las doy yo.


Ocurrió entonces que siendo la hora del atardecer todos los empleados ya se habían ido y solo quedaban dos personas en la empresa: Carlos y Ravelia. El ingeniero le dijo a su nueva empleada:
-         Ravelia, viens ici, come here, venire qui…
Ravelia entró al despacho de su jefe, que en ese momento no estaba pues había ido al baño. Dejó la taza de café sobre el escritorio. Al hacerlo observó que los zapatos de su jefe estaban sobre la mesa.
La chica sintió un extraño impulso y tomó los zapatos para olerlos, al hacerlo, descubrió el intenso, profundo y apestante olor a Queso que tenían.
-         Veo que te gustan los Quesos – era la voz de Carlos Quesón, su jefe, que la sorprendió in fraganti.
-         Ingeniero Quesón, yo, mire, usted, verá...
-         No es necesario aclarar nada – dijo Quesón – primero que a esta hora estamos solos, solo vos y yo, por lo tanto ya te lo dije una vez, no soy el ingeniero Quesón, sino simplemente Carlos.
La chica quedo parada, sorprendida, sin hacer movimiento alguno.
-         ¿Te gustan los pies de hombres?
-         Sí, es un fetiche que tengo, no lo puedo evitar, es más fuerte que yo.
-         Mi fetiche son los cuellos sangrantes...
Ravelia lo miró a Carlos, y este se rió...
-         ¡Ja, ja, ja!
-         ¡Ja, ja, ja! – dijo Ravelia – es un chiste.
-         Claro, es un chiste – afirmó Carlos - ¿Querés Queso?
-         ¿Sí quiero Queso? No como Queso, no me gusta...
-         ¡Qué raro! A todos nos gusta el Queso...
-         No, a mí no... ¿Y a vos?
-         El Queso, me encanta. ¿Podría ser de otra manera? Me llamo Carlos Queson, je, je.
-         Entonces ese Queso te lo podes comer vos solito.
-         Igual Ravelia, no me refería a esos Quesos, sino a estos Quesos...
Carlos puso sus pies sobre la mesa. Enormes pies talle cuarenta y seis.
-         Sin miedo Ravelia, aca tenés mis Quesos. Dale, sin miedo, tengo las medias puestas, podes chuparlos, lamerlos, besarlos, hacer lo que quieras, sin miedo. Primero con los medias puestas, después me las podes sacar, si queres claro.


Movida por un extraño impulso, Ravelia hizo exactamente eso, chupo, lamió, beso y olio los pies de Carlos, primero con medias, luego se las saco, el izquierdo, el derecho, el olor a Queso era realmente impresionante, una y otra vez.
-         Gracias Ravelia, por hacerme sentir hombre y sobre todo un Queson – le dijo Carlos.
-         No Carlos, gracias a vos por hacerme sentir mujer.
-         Ahora quiere oler tus pies, Quesona.
-         ¿Quesona? Ja, ja, me gusta eso. Te vas a llevar una desilusión. No huelen a nada.
-         Lo quiero comprobar.
Carlos se acostó sobre el piso y le dijo a Ravelia:
-         Tirame encima ese Queso que hay sobre la mesa.
Ravelia tembló ante tal pedido.
-         Dale, Ravelia, ya me chupaste y oliste los pies, tirame el Queso, cuando lo hagas deci en voz alta “¡Queso!”.
Ravelia entonces agarró el Queso y se lo tiró encima a Carlos, diciendo en voz alta:
-         ¡Queso!
-         Gracias – dijo Carlos – ahora pone tus pies sobre mi cara.
Ravelia hizo entonces eso, accediendo al pedido de Carlos. Efectivamente, no tenían nada de olor a Queso, al contrario parecían perfumados.
-         Ricos tus pies. Los pies de un hombre deben oler a Queso, más los de un Carlos como yo. Los pies de una mujer como vos deben oler a perfume francés.
No hubo respuesta de Ravelia, solo miró para abajo, tenía una extraña mezcla de vergüenza y satisfacción a la vez.
-         Si queres esto lo podemos hacer otras veces, si te gusto claro, vos Ravelia y yo Carlos, si no queres no pasa nada, yo el jefe y vos la empleada, ¿Qué es lo que mas te gusta?
-         Yo Ravelia, vos Carlos. Eso es lo que me gusta.
Nació una relación muy especial entre el Carlos el Quesón y Ravelia la Quesona.


El Karma de Ravelia capítulo 3



Luego de uno esos encuentros, Ravelia iba de regreso a su departamento, cuando se cruzó con una gitana, que con acento andaluz le dijo:
- ¿Quieres que te lea la buena fortuna, niña?
Ravelia no contestó nada con palabras, pero se paró ante la gitana y extendió su mano. La gitana comenzó a observar las líneas de la mano de la muchacha. El rostro de la gitana comenzó a mostrar signos de preocupación.
- ¿Ocurre algo? – dijo Ravelia.
- Nada, niña – contestó la gitana como tratando de no darle importancia al asunto, aunque la cara de preocupación no desapareció - ¿A ti te llaman “Quesona”?.
- Sí, hay una persona que me dice de ese modo.
- Y esa persona se llama Carlos, ¿Verdad?
- Sí, es eso cierto.
- Pues mucho cuidado deberás tener – dijo la gitana – es un hombre muy peligroso.
- ¿Por qué dice eso?
- Solo digo que alguien que se llama Carlos quiere asesinarte. Y no digo más nada. Es un asesino serial...


Ravelia quedó muy intrigada ante esa afirmación de la gitana, que se fue rapidamente del lugar. Ravelia continuo caminando por la calle, hacia el norte, mientras la gitana iba hacia el sur. Bruscamente, Ravelia, sin mirar hacia atrás, escuchó un ruido, como si un camión se hubiera llevado algo por adelante...
Ravelia se dio vuelta y observó que efectivamente un camión se llevó por delante a una persona, mucha gente se reunió alrededor, y la chica fue hacia allí.
- ¿Qué paso? – preguntó Ravelia.
- Una desgracia horrible – le contestó una mujer de unos ochenta años que andaba por allí – una pobre señora, de la comunidad gitana, que pasaba por aca, fue aplastada por este camión...
Ravelia no salió de su asombro, era la gitana que le había predicho la ¿buena? fortuna... 
Ravelia trató de no darle importancia al asunto, pensando que era una desgracia de la que le tocó ser testigo y anda más, pero la gitana había dicho cosas muy graves, pero no podía borrárselo de la cabeza... 



Al día siguiente, mientras iba de camino a la empresa constructora de Carlos Queson, otra persona muy extraña se cruzó en su camino. Esta vez era un hombre, muy viejo, de baja estatura, con bigotes, que con un acento español muy particular le dijo:
- ¿Tu trabajas allí, en la empresa de Carlos Quesón?
- Sí, ¿Porqué?
- Solo os digo una cosilla, niña, y recuerda estos nombres, averigua que fue de Silvina Larrazabal, de Tamara Ocampo y de Luciana Pereyra.
- ¿Quién es usted?
- No importa quien soy yo, solo recuerda esos nombres, toma, aquí te los doy anotados, porque seguro te los vas a olvidar, niña.
El español le dio el papel anotado con los tres nombres. Ravelia se quedó mirando el papel sin saber que hacer. Cuando se dio vuelta para preguntar algo, el español había desaparecido...


Ravelia llegó a la empresa constructora. Allí le dieron una noticia que no esperaba...
- El ingeniero Quesón estará ausente algunas semanas. Ha tenido que viajar de urgencia al Oriente – le comunicó la Señorita O’ Connor – para participar de unas obras civiles que nuestra empresa se ha adjudicado en India, Malasia e Indonesia.
Ravelia tenía tiempo para investigar entonces, movida por un extraño impulso comenzó a buscar en Google los tres nombres que el español le había dado en aquel papel...
Mayúscula fue su sorpresa al comprobar que chicas llamadas de esa manera, Silvina Larrazabal, Tamara Ocampo y Luciana Pereyra, habían muerto, todas asesinadas, con un cuchillo grabado con sus nombres y sobre sus cadáveres siempre apareció un enorme Queso, un Queso Gruyere o un Emmental, esos que tienen muchos agujeros. 
Pero la sorpresa fue aún mayor cuando buscando en los archivos de la empresa, Ravelia verificó que las tres habían sido empleadas de la Constructora de Carlos Quesón... pero Ravelia se paralizó al ver una vieja foto de la Compañía donde estaba el español que había visto aquella mañana por la calle.
- ¿Qué está viendo, señorita Ravelia? – le dijo la señorita O’Connor al encontrar a Ravelia husmeando los legajos de la Compañía.
- Nada, señorita O’ Connor, yo...
- Haremos de cuenta que nada paso, el ingeniero Queson está hoy en Hong Kong y no se enterará de esto. Que no vuelva a a ocurrir.
- ¿Puedo preguntarle algo, señorita O’ Connor?
- Dígame.
- Este señor, ¿Quién era? – Ravelia le mostró la foto donde estaba el español.
- Era el encargado de limpieza de nuestra empresa, ¿Porqué me lo pregunta?
- ¿Está jubilado, verdad? Es que lo hoy lo ví en la calle y...
- ¿Está loca, señorita Ravelia?. El señor Oriol Puyol, catalán él, falleció hace más de cinco años...


Ravelia sintió un estrecimiento en el estomago. Muy angustiada permaneció Ravelia ante esta situación y esa misma tarde no dudó en acercarse a la comunidad de gitanos que había cerca de allí. No podía quitarse de la cabeza ni el encuentro con la gitana ni el encuentro con el español.
Al llegar al barrio de los gitanos, una gitana de unos cincuenta años le salió al cruce, y de mala manera, le preguntó...
- ¿Qué quieres, niña?
- Señora... yo... el otro día... una señora... gitana como usted... me leyó las manos.
- ¿Quién?
- ¡Esa! – dijo Ravelia a la vez que señaló una foto de una mujer que estaba detrás de la gitana, colgando de una pared.
- ¿Esa? ¡No puede ser niña! Esa era mi abuela, que murió hace más de veinte años...
Ravelia se dio vuelta asustada y aterrorizada, y huyó despavorida del lugar...

El Karma de Ravelia capítulo 4



Desde aquel día ya nada volvió a ser igual... y ocurrió entonces que Ravelia comenzó a soñar cosas extrañas, como si viviera en otras épocas, en otros tiempos, y se encontraba una y otra vez con Carlos, en esas circunstancias...
Ravelia se puso en contacto con una parasicóloga, de nombre Sybill Trelanew, experta en adivinación, contactos con el más alla y vidas pasadas...
Le contó todo lo que había ocurrido y como había ocurrido...
- ¿Sabes una cosa Ravelia? – le dijo la profesora Trelanew – es el karma Ravelia, hay acciones tuyas en el pasado que solo las has vivido tu, y eso forma parte de tu destino, hay cosas que no podemos evitar... por eso te invito a viajar por tus vidas anteriores, quizás no todas, pero sí las que te marcaron más que otras...

Ravelia cerró los ojos, de repente, comenzó a sentir que todo se le movía a su alrededor, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, como si estuviera en un túnel donde pasaban imágenes y personas, una tras otra, de golpe, casi por arte de magia, Ravelia se encontraba en el mundo antiguo, en la epoca de esplendor de Roma...

El Karma de Ravelia capítulo 5



Roma, 45 años antes de Cristo, en la época de Julio César.



Había un gran alboroto en el mercado de esclavos aquella mañana. Un cargamento de treinta germanos, todos hombres fuertes y robustos, acababa de llegar.
Quinto Arrio, veterano de las Campañas de las Galias, el afeminado y sensible jefe de la casa de Arrio, concurrió al mercado con su esposa, la intrigante Ravelia, y sus fieles sirvientes, Lucio y Rómulo.
- Arrio – dijo Nagila, el sirio mercader de esclavos dirigiéndose al patricio romano – os ofrezco uno de estos germanos, son altos, patones, robustos, macizos, ideal para vuestra casa. Es una buena oportunidad, antes de que lleguen los negociantes del circo y se los lleven como gladiadores. Sería un desperdicio.
Arrio comenzó entonces a negociar con Nagila, mientras Ravelia observaba a los germanos. La romana quedó sorprendida al ver los enormes pies de aquellos hombres comparadados con los romanos. Vio a uno de ellos, el que tenía los pies más grandes que todos, y quedó literalmente prendada de el.



- Yo quiero ese – le dijo Ravelia a Arrio.
- ¿Cuál? Quo plus habent, eo plus cupiunt.
- Ese – y señaló al que tenía los pies más grandes de todos los germanos – el de los pies muy grandes.
- ¡Por Júpiter! ¡Pues tiene el pie de Hércules! (1) - dijo Lucio.
- Es el cumpleaños de Ravelia – manifestó Arrio – y por Juno y Minerva, le daré este obsequio.



Nagila ordenó traer al esclavo, y los sirvientes de Arrio, le preguntaron al traficante de esclavos:
- ¿Entiende nuestra lengua?
- El esclavo que habéis adquirido es muy inteligente. Aprendió nuestra lengua en el viaje desde las Germanias. 
- ¿Cuál es vuestro nombre? – le preguntó Arrio al esclavo.
- Kal Arl Az – fue la respuesta del esclavo.
- “Carlas” no mejor “Carlos” – dijo Ravelia – hermoso nombre. Nunca lo había sentido. Sursum corda.
- Es muy común entre los bárbaros, señora – dijo el mercader de esclavos – aunque sí, es probable que nunca lo hayais escuchado entre romanos o egipcios (2).
- Lo llevaremos. Que no sea como Aquiles, fuerte pero con una debilidad en su talón. Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus.



Arrio aprobó la compra del esclavo, pero el mercader no estaba dispuesto a terminar todo allí y le dijo:
- Arrio, por el mismo precio, os ofrezco una esclava egipcia. Las muchachas son muy útiles, además de las tareas de la casa, quedan embarazadas, y eso siempre es un bien útil para todos.
- Tenéis razón. Me llevaré también a esa esclava egipcia. Tanta potentia formae est.
Así fue como Carlos, junto a la esclava egipcia, llegaron a la casa de Arrio. Esa misma noche, Ravelia ordenó al esclavo que fuera a su habitación. 
- Por Apolo. Tus pies son muy grandes, Carlos.
- Lo sé.
- Ponlos sobre mi nariz, mi rostro.




Carlos cumplió la orden de su Domina, que quedó fascinada ante el intenso, apestante y asfixiante olor a Queso que Carlos tenía en sus pies. A Ravelia eso le encantaba. Así, todas las noches Ravelia ordenaba que el esclavo la visitará en su habitación. Como un ritual religioso, Carlos y Ravelia jugaban a los pies y luego tenían sexo. 
Arrio, el afeminado esposo de Ravelia, estaba muy contento ante la situación y mientras su esposa y el esclavo tenían sexo, el hacía lo mismo, alternando, algunas noches con Lucio y otras veces, con Rómulo.
- Espero que el esclavo germano le de a Ravelia pronto un hijo así la casa de Arrio tiene descendencia – comentó Arrio en aquellos días.
Ravelia, sin embargo, era muy mala y trataba con desprecio a todos los sirvientes de su casa, principalmente a la esclava egipcia. La excepción, por supuesto, era Carlos. 
Dialongando con Octavia, Ravelia le dijo a su fiel sirvienta:
- Esa esclava egipcia. No la puede ver. No entiendo como Arrio la pudo haber comprado.
- Es muy útil en la cocina, Domina. Además vuestro esclavo, Carlos, la ve con muy buenos ojos. Spiritus promptus est, caro autem infirma.
- ¿En serio?
- Por supuesto, Domina.



Una noche, le preguntó al esclavo germano:
- Carlos, ¿En tu tierra, en Germania, que hacías?.
- Era Quesón – fue la respuesta del esclavo.
- ¿Quesón? Sint ut sunt aut non sint.
- Sí, me llamaban Carlos, el Quesón, o simplemente “Carlos Quesón”. En los pueblos bárbaros (como vosotros nos llamáis) hay una tradición muy antigua. En cada solsticio de verano e invierno, y en los equinoccios de primavera e invierno, se sacrifica una muchacha para contener la ira de los dioses. El que se encarga de esa tarea es el “Quesón”. La muchacha debe oler los pies del “Quesón” y luego es decapitada. El “Quesón” tira un Queso sobre el cadáver de la joven sacrificada. Es un ritual...
- Sic transit gloria mundi. Un ritual muy bárbaro – dijo pensativa Ravelia - ¿Y porqué lo hacías tú?
- Por mandato de los dioses. Según la tradición, el hombre que se llama Carlos con los pies más grandes es el que debe ejecutar esa tarea. Por eso me eligieron.
- ¿Y hay muchos Carlos entre los pueblos bárbaros?
- En mi clan éramos unos sesenta hombres, veinticinco nos llamábamos Carlos. Si vis pacem para bellum.


El Karma de Ravelia capítulo 6



Ravelia intrigada quedó ante lo que Carlos le contó y en los días siguientes trató de averiguar si aquella tradición era cierta... 
Asterix, un galo esclavo de la casa de Arrio, le comentó:
- Es eso cierto, Domina. Una tradición muy antigua de los godos, señora, pero nosotros los galos no practicamos cosas tan horrendas.
Pasaron los días, y antes de los Idus de marzo, una noche, Ravelia en medio de la oscuridad de la noche, observó como su fiel esclavo, Carlos, tenía sexo con la esclava egipcia.
- Esta es la razón por la que Carlos esta un poco esquivo conmigo últimamente. Quo usquem tandem? – fue el pensamiento de Ravelia.



Al día siguiente, se acercó a Asterix, el esclavo galo, y le dijo:
- Asterix, os voy a daros una orden. Quiero que hagais un Queso muy grande, enorme, repleto de agujeros y con cascara muy dura, esos Quesos que comen los germanos, no como los Quesos blandos que comemos nosotros los romanos o los griegos.
- Su deseo es una orden para nosotros, Domina. En pocos días tendrán el Queso. Quid pro quo.




Justo llegaron los Idus de Marzo y la casa de Arrio se sobresaltó como toda Roma al recibir la noticia:
“¡Asesinaron a César!”
Ocurrió entonces que aprovechando la confusión y el caos existente en la ciudad, Ravelia mandó llamar a Carlos y a la esclava egipcia, en la habitación en que los recibió, había un enorme y gigantesco Queso sobre la mesa. 
- Carlos, Proles sine matre creata, necesito una prueba de vuestra lealtad – dijo Ravelia, a la vez que le daba una espada al esclavo – Tomad esta espada. Pro Mundi beneficio.
- Haré lo que vois me pidáis, domina – mientras sostenía la espada en sus manos.
- Si superáis esta prueba, quizás digno seas de ganar vuestra libertad.
- Os escucho, Domina.
- Cortadle la cabeza a la esclava egipcia y tiradle un Queso. Cumplid el ritual que hacíais en tus tierras. Hoy, en homenaje a César, caído por la grandeza de Roma en manos de esos infames corruptos senadores. O tempora o mores!
Carlos quedó asombrado ante semejante pedido, y quieto ante la Domina. Era una disyuntiva enorme, elegir entre su libertad o asesinar a su novia en secreto.
- Os repito – dijo la Domina – cortadle la cabeza. Manus manum lavat.
Pero Carlos quedo inmóvil, con la espada en la mano.
- Matadla – dijo una vez Ravelia.
- Lo haré – fue la respuesta de Carlos – Fiat iustitia et pereat mundis.
Carlos entonces levantó la espada, y en un movimiento rápido, repleto de ira y furia, le cortó la cabeza, pero no a la esclava egipcia, sino a Ravelia, la domina. 
La esclava egipcia lanzó unos gritos llenos de terror al contemplar el espectáculo de la decapitación de Ravelia. Carlos agarró el Queso y lo tiró sobre el cadáver mutilado de la domina.
- ¡Queso! – gritó en voz alta – Pulvis es et in pulverum reverteris.



Los demás sirvientes de la casa de Arrio escucharon los gritos de la esclava egipcia y se acercaron al lugar, al entrar contemplaron el terrible espectáculo.
Carlos, con la espada ensagrentada en sus manos, Ravelia, decapitada, la esclava egipcia aterrorizada y el Queso, sobre la cabeza de Ravelia.
- ¡Por Marte! ¿Qué habreis hecho? – dijo Romulo, el fiel sirviente de la casa de Arrio, en su tono afeminado – te crucificarán por esto. O te enviarán a galeras. Acta est fabula.
- Si lo atrapan – señaló Lucio, el otro sirviente de la casa de Arrio, también con tono y gestos afeminados  – Pero todos están muy ocupados con el asesinato de César. Ravelia merecía este final y nuestro propio señor, Quinto Arrio, lo agradecerá. No podemos esconderte, Carlos, pero sí podemos demorar el anuncio de la muerte de Ravelia. Huye al sur, a Capua, a Pompeya, a Siracusa, allí podrás tomar algún barco hacia Grecia o Egipto. Inopi nullus amicus.
- Audentes fortuna iuvat. Haz eso. Huye ahora mismo. Quinto Arrio no está en Roma, y persiguiendo se encuentra a quienes asesinaron a César, los infames Bruto y Casio – fue la afirmación de Rómulo.
Algunos años después, en la epoca del triunvirato entre Marco Antonio, Lépido y Octavio, el fiel Lucio viajó a Alejandría y se dirigió a un espectáculo en el Circo Máximo. Para su sorpresa, y algarabía, escuchó hablar de Carlos, el germano. 
- No creo que haya muchos germanos en Alejandría, ni que todos se llamen Carlos. Debe ser él. Libertas perfundet omnia luce.
Y efectivamente era él. “Carlos, el Quesón” que libre, triunfaba en los espectáculos de las cuadrigas del Circo Máximo de Alejandría.

Tanta potentia formae est



El Karma de Ravelia capítulo 7



Cuentan que en lo profundo de la Europa Medieval, en algún lugar del país que hoy llaman Francia o Alemania, o quizás más al este, cerca del Danubio, existió una malvada mujer, una reina, obsesionada con su belleza...
Su nombre era Ravelia y estaba dispuesto a todo con todo de perpetuar su belleza por los siglos de los siglos.
- Quiero la piedra filosofal, la de Nicolás Flammel – decía Ravelia – y tener así la vida eterna, para ser siempre joven.
- Lo que vois decís va en contra de lo que pregona la Santa Madre Iglesia – le señaló el Cardenal O’Hara, principal consejero del reino.
- En este reino se hace mi voluntad y mi voluntad es ser eternamente bella.
- Mereces el infierno por ello, y allí te consumirás...
- Si yo merezco el infierno tu mereces la muerte. ¡Soldados! Arrestad al cardenal, mañana será quemado vivo por sacrílego y blasfemo.
Y así ocurrió. Esto es solo una muestra de los terribles crímenes que Ravelia cometía con su pueblo día a día. La reina comenzó a seleccionar a sus esposos entre los reinos vecinos. Uno por uno, sus maridos fueron asesinados, y no por ordenes de la reina, sino con su propia mano y su propia espada. De esta manera, su imperio se expandía y con ello, también el terror.



Las gentes estaban aterrorizadas, y el terror se expandió aún más cuando una bruja le dijo a la reina:
- Yo tengo la fórmula para vuestra eterna juventud. Pero muy alto es el precio que debéis pagar.
- Os escucho y en función de eso decidiré...
- Todos los viernes una joven virgen debe ser sacrificada... con su sangre os bañareis y así joven eterna serás...
- Yo misma me encargaré de asesinar a esas jóvenes vírgenes con una espada y así...
- ¡Nooo! – dijo la hechicera – vos no debéis cometer esos crímenes, sino un hombre joven, alto y patón, con mucho olor a Queso. La virgen el olor a Queso del joven olerá, luego decapitada será, un Queso le tirará, y con ello su sangre a vos os servirá.
- Así será.
El terror se expandió por toda la comarca, todos los viernes una joven virgen era secuestrada para ser ejecutada, a la vez que un hombre alto y patón era también seleccionado para cometer el sanguinario crimen. La virgen era obligada a oler los pies del patón, que luego la decapitaba y le tiraba un Queso.
Ravelia, luego de bañarse con la sangre de cada una de sus víctimas, tomaba su espada, olía los pies del joven asesino y lo decapitaba sin compasión.
- ¡Nooo! – dijo la hechicera – al asesino no debéis decapitar, ahora ya no serás joven aunque con la sangre te sigas bañando.
- Matadla – le dijo Ravelia a sus soldados en referencia a la hechicera – yo tengo el poder y lo ejerceré, porqué soy inmortal, y ya no tengo que rendir cuentas ante nada ni ante nadie...



La hechicera fue ejecutada. Pero ocurrió entonces que las hombres y mujeres del reino se rebelaron con la reina, cuando otra vez una virgen y un patón fueron seleccionados para un nuevo sacrificio.
La turba enfurecida asaltó el Palacio, Ravelia le dijo a sus soldados:
- Matenlos a todos.
Pero Carlos, Karl o Carolus, el más alto y patón de todos sus soldados, le dijo:
- Vuestro reinado de terror ha llegado a su fin.
Entonces se acercó a la reina, desenfundó su espada, y le cortó la cabeza. A continuación, le tiró un Queso.
- Queso.
El pueblo agradecido proclamó rey al joven soldado, pero este dijo:
- No acepto la corona. Mi origen ilegítimo no me lo permite. Seré senescal. Mayordomo del reino. Ahora me llaman Carlos Queson, pero me cambiaré el apellido, será Martel, Martell o Matellus, derrotaré a los árabes en Poitiers y mi nombre será recordado en la historia como el que salvó a la civilización occidental ante el avance del Islam.
Nadie entendió nada aquel día, pero algún tiempo después algunos lo recordarían. Pero esa es otra historia...


El Karma de Ravelia capítulo 8



La agitación reinaba en París. De repente, una turba enfurecida asaltó la casa de los nobles Tigana y Amoros. Ravelia, una de las amantes preferidas del Palacio de Versalles, fue sorprendida por la turba mientras intentaba huir.
- ¡Ramera! ¡Debe morir por el honor de Francia! ¡Ella estaba con Luis Capeto! ¡Qué muera! – gritó una mujer enfurecida, a la vez que le colocaba un cuchillo sobre el cuello a Ravelia.
- ¡Qué muera! ¡Viva la Revolución! ¡Viva Francia! ¡Mueran los traidores! ¡Viva la Nación! – comenzó a gritar la multitud, y las mujeres con mucha más fuerza.
- ¡No! – dijo Danton que se encontraba allí – que sea un tribunal del pueblo el que decida la suerte de esta ramera. Si cometió algún crímen lo pagará, pero si nada hizo, no la juzguemos con la misma arbitrariedad que ellos, los enemigos de Francia, tenían hacia nuestro pueblo.
- ¡Viva Danton! ¡Viva la Revolución! – comenzaron a gritar los patriotas.
Ravelia fue llevada entonces a un tribunal popular. Pero cuenta la historia que Robespierre, la vió y dijo:
- Será mi sirvienta. Que la traigan y que sirvan en mi casa.


A Ravelia no le hizo ninguna gracia aquello, pero la llevaron y sirvió un tiempo en casa de Robespierre. Pero en aquellos días, Charlotte Gorday asesinó de una cuchillada a Jean Paul Marat, en un cuarto de baño, en un crimen que quedó inmortalizado en un famoso cuadro de David.
- Tout comme Charlotte Corday assassiné Marat, je tué Robespierre et la France seront sauvés. (Así como Charlotte Gorday asesinó a Marat, yo asesinaré a Robespierre y Francia será salvada) – pensó Ravelia mientras tomaba un cuchillo.
Ravelia se acercó a donde se encontraba Robespierre, le sirvió la comida, y se pusó detrás del revolucionario. La mujer se aprestaba a clavarle el cuchillo en la nuca, levantó el cuchillo y cuando lo estaba por hacer, de repente, otras de las sirvientas entró a la habitación, y gritó:
- Camarade Robespierre! Cette femme va tuer! (¡Camarada Robespierre! ¡Esa mujer lo va a asesinar!).


Robespierre se dio vuelta y en un forcejeo, con la ayuda de la otra sirvienta, le sacó el cuchillo a Ravelia.
- Nous avons cru que vous étiez innocent. Nous essayons de vous donner une chance. Vous étiez épris de tous les grands de France. Mais avec votre classe ne devrait pas y avoir d'autres possibilités. Vous serez remis à la commission de la santé publique. Ils décideront. (Creíamos que erais inocente. Intentamos darte una oportunidad. Fuisteis amante de todos los nobles de Francia. Pero con las de tu clase no debe haber otras oportunidades. Serás entregada al Comité de Salud Publica. Ellos decidirán).
Esa fue la sentencia de Robespierre.

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